Poesía de tránsito Entrevista a Raúl Hernández [Por Roxana Chiappa]


Paraderos Iniciales, paraderos de retorno, de las idas y las vueltas. Y las esperas. Y esperar que el tiempo quede, que las imágenes no se tuerzan. Raúl Hernández, un poeta  de las calles y avenidas que se apropió de la realidad, de los finales y los comienzos, en viajes de microbús. Buscando las miradas para generar una arquitectura literaria hecha a mano. Esencialmente a mano, por la sencillez de su versos, por las imágenes de un presente sin tiempo.

En abril lanzó su último libro Paraderos Iniciales, editado por La Calabaza del Diablo, y escrito con una beca del Consejo Nacional del Libro, que le permitió recorrer en pasos y versos a San José de Maipo. Se detuvo en las imágenes de decenas de viajes que dieron vida a esta obra de sabores simples, pero duraderos.

Aquí comienza una conversación difícil de plasmar. Para mí, la más difícil.

- ¿Cuándo comienza  esto de crear Paraderos Iniciales?

- El libro parte como una búsqueda de ser un forastero que recorre los rincones de un paisaje, con la clara idea de encontrar una sanación. Comencé a sentir este espíritu, esta necesidad de encontrar un lugar como escapatoria, luego de pasar instancias oscuras en la cual todo se había vuelto sucio y desprolijo en el demonio citadino. En San 
José de Maipo descubrí que podía escapar y, de pronto, comienzo a conocer gente y a descubrir que ese lugar había sido visitado por otros escritores, como Eduardo Barrios o Juan Emar. Y ahí parto con el viaje. Un viaje interior para estar bien, después de estar mal. Mirar desde el paradero, recibir esa sensación que sucede mientras esperas el bus. Y vivir esa espera.

- ¿Y llegaste a los Paraderos Iniciales?

- No sé si llegué, pero quería buscar en mi escritura esos paraderos, que fuera asumiendo esa búsqueda. Y también ver esa otra esfera. Yo sentía que lo lograba en ese lugar, que estaba lleno de mitos que me llevó a todo ese estado inicial.

-He escuchado a otros escritores que dicen, que cuando toman determinadas temáticas o se inspiran en ciertos espacios, tiene mucho que ver con su identidad, personalidad, con sus experiencias. Y tú mencionaste el tema de los mitos. ¿Cuál es la relación entre esos mitos y tu propia vida?

- Yo creo que ahí me entero del proceso del mito. Está ese rol del poeta, como decía Jorge Tellier, de “guardián del mito”, que es esta situación única que se hace necesaria de contarla y traspasarla a través del tiempo. El libro no habla sólo de esa naturaleza, habla de mi experiencia como autor, que quizás puede ser mi voz poética y también un asunto interno, de hacer lo mínimo con el confín.

- Tu obra no sólo abarca la dimensión literal,  sino también gráfica. ¿Cómo es la lectura que le das al orden de tus versos? ¿Por qué dibujas con ellos?    

- Con este libro ocupo particularmente distintos comienzos y cada partida la está haciendo otra voz. Son voces que están allí y lo plasmo. Paraderos Iniciales es una obra que se escribe en el camino, como libro de experiencias, y ahí parte la visualidad del paisaje y los espacios que ocupa el poema, desde esta experiencia de viaje, de forastero.

- Tu obra provoca nostalgia. De repente, el poema queda corto y el lector querría seguir interpretándolo.  ¿Es lo que querías provocar, un paradero inicial para un viaje individual de lectores?

- Me interesa que el lector pueda continuar el poema. Porque de repente hay poemas que son muy breves y el lector claramente puede seguir interpretándolo. Me interesa las anotaciones al pasar, que es memoria y lente. Fotografía y experiencia. Olor y sonido. Paraderos Iniciales es un libro de tránsito y yo creo que esa es la temática del libro. Es un reencuentro conmigo mismo. Es un libro nostálgico, que no va dirigido a un amor romántico directamente o a una desilusión, sino que es un reencuentro como persona y como escritor. Y me interesa, sin duda, esa conexión con los lectores. Y si se quiebra un vaso, me gusta que se escuche, que se vea esa imagen, esa simpleza de la conmoción.

- ¿Cuándo supiste que se terminaron los Paraderos Iniciales? ¿Cuándo decidiste que ese poema sería el último del libro?
- Yo había comenzado tomando mate y jugando solitario en el paradero. El libro tiene varias partes y todo fue viajar. Cuando escribo el último poema del libro, lo escribo  en ese mismo paradero. Y pasa que no quedó ningún poema fuera del libro y sucedieron justamente en orden cronológico. Lo más gratificante, sin duda, fue la escritura. Estar ahí, disfrutar esta soledad, que no mata, una soledad buscada. Estar más sano, más curado de todo este demonio, todo este padecer, toda esta rabia que veo en una botillería, cuando alguien se entromete y pide cigarros y te arrebatan un momento y se genera una pelea.  La etapa de escribir el libro fue una etapa señera. Y una experiencia extraña al percatarme que después un sentimiento funesto pude escribir de forma más clara.


Poemas Cesantes


Cuatro años antes, Raúl publicó Poemas Cesantes, contando las historias de su búsqueda del empleo. En una itinerancia de entrevistas de trabajo y ocio, aparece esta obra, que también es publicada por la editorial La Calabaza del Diablo.
 
- ¿Por qué se te ocurrió plasmar esta etapa de la búsqueda de empleo?

- Era una época de cesantía, pero me había ganado la beca de la Fundación Neruda y tenía 60 mil pesos 
mensuales.  A mí me interesaba mucho la imagen del cesante digno, de ese que no alega mucho y no es por tímido, sino porque no considera que ese estado vaya a afectar mucho su vida. Entonces ahí está ese cesante, que puedo ser yo y puede ser cualquiera. Y circula por la ciudad. En Poemas Cesantes traduzco una fotografía que transita al igual que enParaderos Iniciales, en donde la poesía es un camino, una carretera.

- ¿Pareciera que el espacio de desplazamiento, de cambio de estado, de movimiento, es sello de tu poesía?

- Puede ser. Pero no es algo que esté pensado. Con estos dos libros me siento conforme, porque no tuve el apuro de escribir bajo esa ansiedad juvenil que todos tenemos en algún momento. Estos dos libros fueron trabajados, hubo talleres, experiencias de vida, altos y bajos. Les di muchas vueltas. No porque el poema sea un gran poema que vaya a cambiar algo, sino por que me interesa que el libro tenga una dignidad propia,  que el poema pueda hablar. Fueron dos trabajos intensos y logrados para mí. Ahora viene otro libro,Huérfanos. Ese libro es un conjunto de poemas que vengo escribiendo desde 1999 hasta ahora y algunos poemas han aparecido en antologías. En este caso no hay un concepto central como en los otros dos libros. Son poemas huérfanos que se han escrito en la calle, quizás ese es el punto en común.

- ¿Te interesan los barrios?

- Si, en ese sentido los libros que he escrito han sido geográficos. De recorridos. Está la clara intención de apropiarse, de apoderarse del sentido del lugar. Por ejemplo, Poemas Cesantes es un libro sanmiguelino, escrito en la comuna de San Miguel. En cambio, Paraderos Iniciales es un libro de San José de Maipo. Ahora estoy escribiendo desde el Barrio Yungay y la calle Huérfanos ha sido un eje central de mi escritura en la ciudad.


Decir mucho en pocas palabras


- ¿Tu poesía es breve, por que?

- Siempre me ha interesado el poema breve, más bien como un trabajo interno, como un arte después del evento cotidiano, como una fractura momentánea que puede incluso dislocar un momento, una sensación. A veces escribo de manera más extensa y otras veces no.  Y este poema breve va ligado con la imagen y la experiencia. De ahí sale todo. Aunque la experiencia pueda ser fatal y demoledora.

- ¿Finalmente quisiera saber cuáles son las inspiraciones y esperanzas que te mueven en la poesía?

- En esos términos me gustaría que la poesía la pueda leer cualquier persona común y corriente, en cualquier lugar, no sólo en ambientes académicos o en encuentros de poesía. Estoy consciente que la escritura poética no está supeditada a ser comprendida necesariamente, pero hay un problema de círculo cerrado que hay que despercudir. Ahí está la tradición oral de los taitas, por ejemplo, de la cual se puede aprender por generaciones. Habrá que esperar.

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Cualquier día una mano nos detiene


No sé cómo presentar esta carta. Me quedo sin palabras y es que me encantaría fabular que somos grandes amigos con Carlos, y que nos conocemos desde siempre, pero... 
La verdad es que la primera vez que me encontré con textos de Degregori, fue en Un País Imaginario, de Medo y morí. Ese libro me lo regaló César Eduardo Carrión, cuando nos conocimos en el Encuentro Iberoamericano de Poesía VÉRTIGO DE LOS AIRES en el DF. Luego partí a Lima y me encontré con un par de cosas más, hasta que Willy Gómez Migliaro me regaló otra antología de poesía peruana y se me hizo el panorama así, de una. 
Bus.
3 días de viaje de vuelta a mi tierra y me hice mierda leyendo.  No había más que hacer.
Luego, al volver, en Los Desconocidos de Siempre, Luis Fernando Chueca me dice que Carlos Lopez Degregori era su amigo y nos hizo el link. Le escribí y en 2 semanas, con toda la generosidad del mundo encontré esta carta en mi mail.
Y yo feliz, feliz de no andar chupando pico, sino de andar gozando de la confianza de mis amigos, y de andar por la vida aprendiendo de los güeones a quienes admiro porque son así, tan así como uno. Pero más grandes. Ojalá que les sirva esta historia, que yo casi me fui de raja por la honestidad en la forma de contar el proceso por el que muchos estamos pasando, sin saberlo.
Gracias a Carlos, a Lucho, a Maurizio por el diálogo. A César, por hacer correr la literatura que llega a las manos y los ojos más insospechados para que seamos más y más parejos. Y nos queramos mucho.
Aprovecho de dar las gracias a quienes colaboran así, gratuitamente, porque saben que pueden cobrar lo que quieran por lo que hacen, pero confían en este proyecto, porque saben que es gratis y que así se hace cultura, sin intervención de poder ni de argumentos, cuando lo que hacemos es por amor.





No puedo afirmar con exactitud cuando surgió mi primer texto. Las fechas se me pierden en los inicios de los sesenta y me veo tardes y noches a los ocho-nueve-diez años leyendo y repitiendo palabras que me imantaban. Después vino la dura adolescencia con sus páginas llenas de malos versos dedicados a las muchachas que me parecían las más hermosas de la tierra. En ese momento la escritura era, fundamentalmente, una actividad personal, secreta, clandestina, a veces hasta vergonzosa: era un grafómano solitario que ocultaba cuidadosamente los papeles que nadie podía ni debía descubrir.


Cuando terminé el colegio me presenté a la universidad con la idea equivocada de estudiar medicina, aunque mi interés estaba en las humanidades. Entré a Estudios Generales en San Marcos y allí, al lado de los cursos de matemáticas y biología, encontré un espacio propicio para mi grafomanía. Recuerdo, por ejemplo, que me matriculé en un taller de poesía que dictaba el poeta Pablo Guevara y también en su curso de apreciación cinematográfica. Fue allí donde le alcancé por primera vez un poema a otra persona y descubrí la existencia del lector. Poco a poco esa dedicación a la lectura y la escritura fue ganando terreno en mi experiencia y llegó el momento en que decidí estudiar literatura después de un fugaz paso por las ciencias sociales, como era usual entre las personas con intereses creativos en la década los setenta.

El año de 1973, me trasladé a Colombia y allí pude cumplir el ciclo de mi metamorfosis para regresar en 1978, como un extraño en la poesía peruana, con un libro inédito bajo el brazo. Un amigo, con quien había estudiado en San marcos y quien fue uno de mis primeros lectores, Enrique Sánchez Hernani, me llevó casi recién desembarcado del avión a una fiesta de año nuevo en la que estaban muchos de los poetas peruanos del segundo núcleo del setenta. Esa misma noche, casi sin darme cuenta, formé parte de La Sagrada Familia y, un poco por amistad y entusiasmo, caminé con ellos unos cuantos meses. Contemplo esta experiencia a la distancia y siento que esa fue mi etapa de aprendizaje colectivo, es cierto, pero fue también el espacio adecuado para el reconocimiento de una identidad poética excéntrica que se alejaba de las expectativas retóricas de entonces. Formaban La Sagrada Familia Edgar O’hara, Roger Santibáñez, Kike Sánchez Hernani, Luis Rebaza, Luis Alberto Castillo, entre otros, pero yo sentía que mi escritura discurría por un camino distante y distinto. En ese momento, la poesía que tenía fuerza y audiencia era la propuesta conversacional con una poesía situada, urbana, testimonial; todo el lenguaje de las calles y la fuerza política de los 70 estaban en los poemas; pero yo, desde otra margen, me empeñaba en una aventura del lenguaje que recogiera un laberíntico viaje interior, no sé si sea correcto llamarla metafísica, pero sí se trataba de una poesía alejada del entorno y que exploraba un mundo fantasmagórico, ambiguo, visto a través de un cristal empañado. Por eso, cuando en 1994 reuní una parte significativa de mis poemas, el título que elegí para acogerlos fue Lejos de todas partes. 

Pero fue con la Sagrada Familia que publiqué mi primer libro. Vuelvo a verme el año de 1978 regresando a mi casa con un pesado paquete que guardaba los primeros cincuenta ejemplares de Un buen día. Después de las cervezas de rigor con algunos de los cómplices de la sagrada, me pasé horas pasando y repasando el breve volumen de diseño artesanal con tapas de cartón y una hermosa portada que mostraba un doble ángel. Tocaba las hojas, las miraba, las olía y repetía los poemas casi de memoria. Entonces los reconocía frescos e intensos, dueños de un resplandor y una confianza que no he vuelto a sentir. Eran apenas 12 poemas sin título en un volumen de 36 páginas sin numerar cosidas a mano por Edgar, Lucho Rebaza y por mí y reproducidas en el offset más rudimentario. Esos eran los textos que habían sobrevivido a mi febril ciclo de escritura en la Universidad Javeriana de Bogotá durante los años 75 y 76; una primera versión de ese libro mereció incluso el premio en los Juegos Florales de la universidad con un jurado en el que estaba Giovanni Quessep. Les transcribo uno de ellos que tiene para mí un misterio especial:



cualquier día una mano nos detiene
un toque muy discreto
apenas un chasquido dibujado
con la punta de los dedos


la seguimos
y aún no hay preguntas
(ella puede ser muy amable al comienzo)
pero ya no habrá más tiempo
para terminar con el café
regresar del trabajo contando nuestras llaves
o amar una mujer
un cortaplumas

tal vez una sospecha
cualquier ojo en la ventana dispuesto a delatarnos
cierta marca que llevábamos
aunque nosotros no la vimos

y sucedió
la mano se dio vuelta
jugó a interrogarnos
después nos estranguló y borró todas las huellas

es posible



Pero el destino de los primeros libros es incierto: Un buen día pasó desapercibido, no recibió casi reseñas con la excepción de un elogioso comentario de Edgar O´hara y un año después sentía sus textos abstractos, insuficientes y secos. Aparte de los volúmenes entregados a los generosos compradores de los bonos de pre-publicación y de cinco o seis adquiridos en alguna librería por anónimos lectores, regale la mitad de los 450 ejemplares de esa primera edición. El año de 1981, secuestré los libros restantes y permanecieron hasta fines de los años noventa sellados en una caja en el garaje o desván de la casa de mi suegra entre muebles en desuso, trastos, juguetes, herramientas y ropa de tiempos pretéritos. Cuando vendieron la casa, la caja reapareció y destruí en un incendio personal muchos de los libros. Pero como un óbolo o como el pago de una deuda conmigo mismo, conservé cincuenta ejemplares. Varios de ellos ya están en manos de lectores interesados y los otros aguardan el tiempo que les corresponde.


El año de 1994, cuando seleccioné mi poesía escrita hasta esa fecha, solo salvé cinco poemas de Un buen día. Hace un par de años releí el libro y creo que a estas alturas de mi vida puedo ser más indulgente. Ellos con su aura rudimentaria anticipan lo que he escrito después. Tienen la semilla de una poesía más imaginaria y expresionista que realista, más ambigua que explícita, más vertical que horizontal, más nocturna que diurna.

Un buen día empecé a escribir: un buen día decidí publicar Un buen día, mi primer libro: y sé que un buen día saldrá de mis manos mi último poema. Siento que con mi poesía he crecido y cambiado para bien o para mal: ella se ha vuelto mis ojos y mi carne y mis piernas y mi respiración. Soy y no soy lo que he escrito y cada texto mío me señala, enmascara y conjura.




Sí, esas primeras señales que han hecho de mí lo que ahora soy están anticipadas en la edición artesanal que publiqué un buen día en 1978.





Lima, agosto de 2012 

Carlos López Degregori


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Maurizio Medo: Travesía en la calle del Silencio y la conquista de un idioma


Pocas veces he conocido autores tan apasionados como Medo, con esa locura en los ojos que te hace decir ¡si! definitivamente estoy en presencia de un poeta, y lo supe cuando lo vi llegar de un encuentro en Ecuador a lanzar su libro Transtierros, que publicó en FUGA y que lanzamos de pura suerte en la FILSA. Estábamos en el Wonder Bar, minutos antes del lanzamiento y aparece enorme, de la mano de Ludy, y nos sentamos a conversar y fue flechazo inmediato. Yo quería esa pasión para hablar, esa propiedad que te da únicamente el oficio, esa fortaleza para decir cualquier cosa porque se prefiere mil veces estar en lo cierto, o totalmente equivocado, pero decir algo antes de ser un gueón tibio, o como bien dijo Víctor Jara, "ni chicha ni limoná". Y para ser así, supuse que el comienzo de aquello debía ser excepcional. Afortunadamente no me equivoqué. 
Lamentablemente Maurizio se fue pronto de Santiago a su Arequipa, pero el vínculo, felizmente sigue y aunque a la distancia, también crece y crece también la confianza para hacerle mil preguntas así, a lo fan, que él responde siempre con afecto y con una generosidad a prueba de balas. Y cuando le pregunté por su primera experiencia de publicación, pues casi me fui de raja al leer esta carta ya que no quería que se acabara. Creo que es una de las más entretenidas que me ha tocado leer en mucho tiempo y me encanta compartirla acá, en ese afán de mostrarle, especialmente a los autores inéditos, otra de las experiencias de primeras publicaciones de autores a los que respeto profundamente y aprovechándome de la paciencia y del afecto, para que vayan viendo lo disímiles que son entre si, como experiencias particulares tremendamente enriquecedoras a la hora de comprender que no existe fórmula en la escritura y que, por lo tanto, tampoco pueden crearse falsas expectativas de fama en donde sabemos que no la hay. 





Es el año, 1988 y ya no puedo. Hasta ese día, 13 de diciembre, había tenido que soportar una suerte de karma pues, lo digo ahora otra vez, comencé a escribir por una suerte de voluntad ajena, y aunque suene soberbio lo repito ahora, ya lo escribí en “El arribaje”, un par de años atrás: mi familia era un poema. Tuve un abuelo turinés —marqués de cuna, bisnieto de Emilio de Ventimiglia, quien –dicen- inspiró a Emilio Salgari para su personaje “El corsario negro”. Huyó de Italia después de la Segunda Guerra, debido a sus creencias políticas, luego de que las tropas aliadas lo liberaran horas antes de ser fusilado. Él fue uno de los líderes del movimiento partigano en el norte de Italia. Llegó al Perú, donde años más tarde tradujo al español el Tao te king e inició el estudio de las ciencias orientales en Latinoamérica. Tuve un padre croata, quien también llegó, pero traído a rastras por el suyo, desde la ciudad de Dubrovnik, cuando aún existía Yugoslavia. Desde que el viejo Pétar Medo, mi abuelo, pisó el puerto del Callao, Blajo –mi viejo- no tuvo otro sueño que conquistar Jauja, la tierra de oro. Si bien buena parte de su vida fue a contracorriente de los deseos de su progenitor –para muestra un botón: se doctoró en filosofía- finalmente abdicó y terminó sus días en la búsqueda del “gran negocio”-o con la idea de fabricar ataúdes de acrílico –esto no es metafórico- o con aquella de la industrialización de la cochinilla –cuando no se sabía bien qué diablos era la cochinilla. De más está decir que nunca la fortuna sonrió a sus esfuerzos. Mientras tanto, mi madre, italiana ella, nunca supo explicarnos a qué país pertenecíamos dentro de una casa donde se hablaba español, se gritaba en italiano y se insultaba en croata.

¿Ves? Mi familia era un poema, uno que me arrebataba la fe en el idioma, en un idioma, para hacerme creer más bien en otro, uno escrito en una lengua de babel. Si esto hubiera ocurrido en algún lejano punto de los Balcanes, sería fatuidad pura, pero, un momentito, te escribo desde “acá”, más específicamente desde el Perú, un país que, mientras yo crecía, iba reclamando para sí pertenencia, un sentimiento que no existía –y sobre el cual aún me asaltan las dudas.

Pero, Ángela, empecé a escribirte “es el año 1988” y perdí el hilo, debo de suponer que, entre estas líneas, ya había dejado de interrogarme con ansiedad adónde habíamos llegado. Aunque nací en Lima, lo confieso, siempre tuve la impresión de ser un “proveniente”, ni siquiera del otro lado, como sí era el caso de mis abuelos y de mis padres, sino desde una suerte de limbo o de mundo paralelo. La casa no me ayudaba. Sus confusas voces, también lo he dicho ya, hacían que todo resultara aún más complejo. Aparte de las tres lenguas (italiano, croata y español), mi nana, María Cruz García se llamaba ella, no dudaba en hacerme confidencias en quechua, su lengua natal. Un pandemónium. Pero, insisto, es el año 1988, y ahora estoy en la imprenta de Jaime Campodónico. Tengo en mis manos el manuscrito de un libro “Travesía en la calle del silencio”, dos años antes el mismo había obtenido el Premio Nacional de Poesía “Martín Adán”, pero esa es otra historia. ¿Sabes qué representaba ese hato de papeles mecanografiados? La conquista de un idioma, uno que, si bien en ese momento no se llegaba a vislumbrar, representaba para mí la tan ansiada ciudadanía. No te diré: la poesía se convirtió en mi patria. Primero porque no creo en una y, segundo, porque si lo hago (aparte de caer en una frase tan fome por su vacuidad retórica) estaría negando a mis raíces, las de ese poema uno que, como te dije antes, hablaba en español, gritaba en italiano e insultaba en croata.

En 1988 ese libro lo presentaron un amigo que sé, lo hablamos, publicará en FUGA!!, hablo de Róger Santiváñez junto a José Antonio Mazzotti. Era una época dura, quizá la peor para escribir poesía -¿hay alguna buena época para escribir poesía?-. Cinco años antes, la caída de los precios de los metales inició una preocupante crisis económica, reflejada en las dificultades para el pago de la deuda externa y un fuerte aumento de la inflación y la devaluación del sol, casi simultáneamente arreciaron los primeros fuegos de la guerra interna, que cesarían “oficialmente” en 1992. 1992 fue el año de la captura de Abimael Guzmán. Entre las fuerzas sediciosas y las fuerzas oficiales al mando de otro reo, el dictador Alberto Fujimori, dejaron 70,000 víctimas, entre muertos y desaparecidos. Por ello, los poetas de mi generación escribimos entre cadáveres. Toda esta situación generó más de una asamblea familiar, de aquellas en las que se habla mucho y no se acuerda nada. Había que migrar. Podía ser a Italia, aunque sin los fastos de las viejas propiedades. Yugoslavia aún nos ofrecía la vieja casa familiar. Justo cuando mi padre terminó de animarse para emprender el retorno –volveríamos a la casa de los enigmáticos Medo en Dubrovnik, se inició el conflicto armado entre croatas y bosnios. No hubo más Yugoslavia, la cagada. Mientras, Italia se vino abajo pues mi nonna, una vieja sabia, llegó a la conclusión de que aquella, la de sus recuerdos, nada tenía en común con esa del imperio de la Fiat. 

Lo que te quiero decir es que no había más hacia dónde partir y, en un plano más íntimo, adónde pertenecer. Si el Perú desangraba herido por las huestes terroristas, Yugoslavia era una recién difunta. Había que encaminarse hacia algún “lugar” pero “mi” país no es un fácil, es bueno saberlo, mucho menos para un hijo de inmigrantes. Los hijos de inmigrantes crecemos a la par con la melancolía por lugares que, pese a quererlos, sabemos que no nos pertenecen, y que nunca sabremos cómo fueron en realidad. Lo que experimentaba, esto era muy profundo, no era nuevo, otros ya lo habían vivido y nos dejaron su testimonio. Por ejemplo el poeta Emilio Adolfo Westphalen, por cierto, este año celebramos el centenario de su nacimiento, escribió: Por mi situación de descendiente reciente de familia de tres emigrantes (de mis cuatro abuelos sólo mi abuela paterna había nacido en el Perú) me sentía como en cuarentena permanente, reo de no estar integrado y no compartir las tradiciones, mejor dicho, los prejuicios e intereses de las clases dominantes. Como él me descubrí un outsider dentro del concepto de una cultura, la peruana. ¿Cómo hacerme ahí de un espacio en dónde mantener “vivas” a las mías? Fue ahí que descubrí, y con todas las mezquindades de lo cotidiano, la importancia que tenía para mí la poesía. Había publicado, y con todo este rollo ya debo ir por el segundo libro (“Cábalas”), pero si algo había obtenido en esas páginas, escritas con letras chatas de aprendiz, fue un territorio, uno que me permitía ser un anfibio en mis culturas, uno donde ellas pudieran encontrarse y dialogar, generar sentidos aberrando incluso en la dicción o en su sonido –esto José Kozer, yo sé, lo puede entender muy bien, ¡saludos!. Pero esto no fue fácil. Al querer saber más sobre poesía peruana, y adentrarme en ella a través de la lectura, encontré en diversas antologías de bolsillo y fascículos coleccionables, todos llenos de erratas, fragmentos de poemas que versaban lo conocido desde un lenguaje más conocido aún, casi desde constelaciones de eslóganes. Yo buscaba otra cosa. Incluso me sentí más cercano a las letras que, en esos años (quizá los más fecundos para el rock en español) se podían oír a través de la frecuencia modulada: “tu imaginación me programa en vivo,/llego volando y me arrojo sobre ti,/salto en la música, entro en tu cuerpo… “cometa halley, copula y ensueño. 

Por ello no es de extrañar que fuera a través del rock, y a su movida subterránea, que conociera a Róger, en aquellos años, manager del grupo subterráneo Leuzemia y yo, algo menor que él, aspirante a letrista de la diva María Teta. Decía que buscaba otra cosa pues en esos años el estilo conversacional, aquél de moda, no cesaba de introducir en los poemas los materiales más inmediatos: los sonidos de la calle, los murmullos de la ciudad o los recuerdos del terruño, mientras proclamaban por medio de manifiestos la decadencia de la poesía anterior. Creo yo, y esto explica un poco mi desánimo de aquel entonces, que uno busca en la poesía –en los poemas- algo que no sea totalmente la realidad –para eso están los diarios colgados como piernas de jamón en los cordeles de los kioskos. Quienes encendieron las primeras señales para poder aterrizar, y por ende escribir, en esa aldea fueron Martín Adán, Javier Sologuren, Emilio Adolfo Westphalen y luego Carlos Germán Belli. Tuve la dicha de conocer al primero y ser amigo personal de los otros nombrados. Gracias a ellos perdí, o mejor dicho, nunca me planteé la idea de una militancia generacional –una de las obsesiones de la crítica peruana. Incluso alguna vez me declaré abiertamente como “degenerado” (declaración que, a la postre, apareció en un periódico cuya página cultural era inmediatamente contigua a la policial, EL APÁTRIDA DEGENERADO, rezaba el titular y por la expresión del rostro que exhibía en la foto respectiva, cualquiera dudaba si mi presencia ahí era por mérito o por delito) 

Tú lo sabes, en el Perú se escribe magníficamente pero esto no basta. Escribir “bien”, entre comillas no asegura una buena poesía. Los autores que rompieron el modo de lo conversacional al cual me refería antes, a ese de consignas sociales– Montalbetti, López Degregori, Chocano, son algunos- eran deportados a una especie de Guantánamo denominado “insularidad”. Y con todo esto, quizá excesivo, debo haber llegado ya al año 2003, cuando conocí a Ludy, unos 7 libros después, y a cuando decidí también seguirla hasta la ciudad donde vivía, Arequipa. Aquí nos casamos. Y fue aquí en donde me llegó la noticia de haber obtenido el Premio de Poesía “José María Eguren” y también donde descubrí que eso de los premios son burdas anécdotas, la mayor de las veces. 

Poco tiempo después se me ofreció una pega muy rara: coeditar junto a un coterráneo tuyo una antología de poesía peruana –la idea de una “antología” nos disgustó lo suficientemente a los dos para convencernos de que, en realidad, lo que haríamos sería una muestra, una muestra sencillísima, de la que no quise formar parte, que rescatara algo de la enorme dignidad de la poesía peruana. No tiene nada de extraordinaria esta labor, la de una edición compartida por dos tipos que leen poesía, pero, ¿sabes qué?, lo que sí lo fue estuvo en el diálogo (a través de un obsesivo flujo epistolar, chorros y chorros de emails), en hacer conocer, y en poder conocer, otras tradiciones, y descubrir de que mi antiguo sentimiento (¿pertenecer o no pertenecer?) era una suerte de “Síndrome Crusoe”, que el solo hecho de escribir es ya un acto que se realiza contra la muerte y no, Ángela, ahí no hay soledad. Todo esto lo aprendí y lo compartí con Raúl Zurita, uno de mis más grandes amigos, ¿y sabes por qué?, porque en esta amistad no hay coyunturas políticas ni frases equívocas, no hay reflectores ni intereses de mercado, simplemente amistad, una fundada en la admiración mutua, recíproca, auténtica y fraterna. Raúl estuvo por aquí, lejos de las pasarelas (desde donde nos escupen aún los viejos poetas), sin flashes, y el tiempo resultó tan corto que decidimos jugarnos un “suplementario”, así ocurrió la primera visita que, luego, meses después, le hiciera allá en Santiago, la misma que se repetiría ya no sé cuántas veces. Así conocería a toda la banda de los “novísimos”, donde tengo amigos entrañables que, por cierto compartimos (Héctor, Paula, Pablito, Felipe, el “Grasa” Gómez), y los que despiertan la antipatía de terceros. Ellos fueron capaces de hacerme comprender que mi idea inicial, la de la escritura como un territorio –sin dónde ni cuándo- es tal vez la más legítima expresión de pertenencia. En otro viaje, en aquel en donde pude conocer al buen Eduardo Milán, fue que apareció “Manicomio”, gracias a Marcelo Montesinos. 

La última vez que decidí ir a Santiago fue por culpa de la generosidad de ustedes, ¿cómo no estar presente en el lanzamiento de “Transtierros”? Esta pregunta era la que me repetía y repetía, cuarentaiocho horas antes, casi en la mitad del mundo, Ecuador, en la ciudad de Ambato, junto a Damaris Calderón y Héctor Hernández Montecinos. Y me la volvía a repetir cuando el hijoeputa del chofer de la van, que me transportaba de Ambato hacia Quito, me preguntaba qué tal era la ruta, dado que nunca había conducido por allí, una carretera en forma de serpiente, flanqueada de puros abismos. Y una vez más cuando me quedé varado, primero 3 horas en el aeropuerto de Quito, luego cuatro horas más en el de Guayaquil. ¿Cómo no estar?, me preguntaba otra vez, observando a Ludy ya dormida, mientras en el hotel yo esperaba, con un ojo abierto, otro cerrado, la llegada de Arturo para almorzar, aunque en realidad quien llegó fue Pablo Paredes. Y seguro me la hice muchas veces más, en la presentación, extraordinaria, de Paula Ilabaca, ya en la FIL; cuando, almorzando con Pablo, topamos con Raúl y Paulina; cuando, luego, estuvimos juntos los cuatro en aquel bar, tan dadaísta, con el gran Ernesto Lumbreras y, más tarde, ya exangües, mi mujer y yo, en el terrapuerto de Tacna, luego de pernoctar en Arica. Es importante comentar esto, perdona si me excedí en el formato, suelo hacerlo. Primero porque tiene que ver con la idea aquella de la poesía como un territorio, libre de fronteras –si de pertenencias se tratara, como en los dilemas de antaño. Segundo porque creo que la escritura, por terapia, ha de ir más allá de su tinta y celebrarse a través del contacto vivo. Y no sé. Ya perdí el rumbo. Quizá sea un síntoma de que necesito escribir con urgencia. Escucho mucha bulla: “poeta de culto”, “representativo” y “marginal”, bah, no me interesa. Necesito escribir con urgencia –te decía- y poder encerrarme del ruido, pero recordando, eso sí, y que te quede en claro, recordando siempre que los amigos son como palomas: si se van es para volver.


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Jaime Pinos: Beber, hablar de otra cosa. Eso ha sido la postdictadura


La labor de la literatura en un país que despierta del largo letargo post dictadura, la hibridación de los géneros, el contexto en que nacieron sus libros y la violencia social son algunos de los temas que el poeta y editor Jaime Pinos conversó con Revista Réplica.
“Cierta literatura chilena ha sido capaz de oponer su palabra al silencio y al olvido que se ha querido imponer en estos años”, asegura el editor y cofundador de las editoriales La Calabaza del Diablo y Lanzallamas, quien nos deleita con un poema inédito.
Por Cristián Araya.
-¿Por qué escribir?

Lo que realmente me gusta es  leer. Pero tengo un par de cosas claras respecto a la escritura. Una: escribir es un ejercicio cuya utilidad es muy dudosa. En principio, escribir no sirve para nada. Dos: escribir es un oficio peligroso, un deporte extremo, un negocio de alto riesgo. Parte de su sentido radica para mí justamente en eso.  En esa inutilidad y en ese riesgo. Escribir puede ser una forma de elegancia en un país cuya vida cotidiana ha sido colonizada por el dinero, el dominio de las cosas sobre las personas y la procacidad del consumo. O una forma de valentía entre tanta domesticación y servilismo.
-Dictadura
Nací el año 70. Crecí dentro de una dictadura. Eso se lleva como una marca. El país lleva la dictadura como una marca. Una cicatriz que cruza el cuerpo social, que lo atraviesa desde la economía y la política hasta la sentimentalidad y la vida privada. Se me vienen a la cabeza estos versos de Pepe Cuevas, el poema se llamaDesgraciados países: Los países quedan heridos/ pasan largo tiempo sin recuperar el habla/deben aplicarse electroshock/ someterse al olvido/ beber/ beber/ hablar de otra cosa. Beber, beber, hablar de otra cosa. Eso ha sido la postdictadura. Esa desgracia. Sin embargo, cierta literatura chilena ha sido capaz de oponer su palabra al silencio y al olvido que se ha querido imponer en estos años. De cualquier forma, a propósito del protagonismo actual de los movimientos sociales, me parece que este país empieza a recuperar el habla.
-Los bigotes de Mustafá (su primer libro)
A quince años de la publicación del libro, creo que hay algunos aspectos que siguen validando su escritura. La hibridación de los géneros, por ejemplo. El libro está construido con materiales de diversa procedencia: prosas, poemas, extractos de prensa, fotografías.  Me sigue interesando escribir libros raros, libros no sujetos a la convención  de lo que es o debe ser una novela o un libro de poesía.  Situada la trama en el año 88, el año del plebiscito, creo que el libro aborda un momento clave de la historia chilena reciente que ha venido recogiéndose en los últimos tiempos. Ahí están la novela de Skármeta y la película que se estrenara próximamente.  Otros aspectos son la mirada generacional y el conflicto entre la vieja comprensión de la militancia política y el surgimiento de nuevas formas que integran la ironía y lo carnavalesco.  Formas más cercanas a cierta identidad contracultural que a los ritos desgastados de la izquierda tradicional. El libro mismo, como gesto de escritura, intentaba desmarcarse de una literatura política reducida al panfleto y al martirilogio.
--La Calabaza del Diablo (revista, editorial, librería)
Fui editor y redactor de La Calabaza del Diablo desde sus inicios y por más de seis años. Desde luego, esa experiencia fue fundamental para mí como escuela vital y literaria. La revista, que llegó a los 33 números y a circular en kioskos, a nivel nacional, por algo más de un año. La editorial, que de alguna forma puede considerarse como un antecedente de la vigorosa escena actual de edición independiente. Nuestra pequeña librería, donde confluía un grupo muy heterogéneo de escritores y artistas cuyo trabajo ha sido relevante en estos años. Pero, sobre todo, rescato la poética y el compromiso que unió a ese grupo en una empresa improbable pero bella. A pesar del conformismo y la decepción dominantes, a pesar del descampado que fueron los noventa y los años siguientes, practicar el hazlo tú mismo. Construir, entre todos, un espacio para la creación colectiva y la crítica, sin compromisos, de la realidad que estábamos viviendo. Hacer literatura y arte desde una lógica de colaboración y no de competencia. Practicar el trabajo cultural como una responsabilidad pero también como un juego libre y abierto.
–Concertación
En pocas palabras: 20 años de gatopardismo. El camino más largo entre el fascismo y el fascismo.
-Criminal
Criminal es un libro sobre la vida y la muerte de Roberto Martínez Vázquez, el Tila, pero también sobre la segregación y la violencia social. Otra coordenada importante es la develación de los procedimientos del Espectáculo. Los medios han sido fundamentales para construir la atmósfera de inseguridad, el tufo del miedo como diría Norman Mailer, que ha dominado la vida de este país durante los últimos años. De hecho, en gran medida, el libro está construido a partir del montaje de las versiones de prensa que coincidían en eludir el origen de esa violencia y demonizar al criminal.  Luego del Tila, se ha venido repitiendo la misma historia. Cada tanto aparece un niño demonio que acecha la tranquilidad de los hogares y amenaza la supuesta felicidad de un país que excluye y sigue condenando a miles a elegir entre la resignación y la delincuencia. La contingencia de este tema, y de la figura del Tila como metáfora, ha sido reafirmada con la publicación reciente de una biografía y el estreno de una nueva obra de teatro.  Si la comprensión de lo real es uno sus desafíos, me parece  importante que la poesía haya llegado primero a hacerse cargo.
-Poesía-crónica-cuento-novela-crítica
Me interesa la idea de Piglia respecto a los géneros. Más que formas de escribir, los géneros son formas de leer. En cuanto a la escritura de mis libros, me interesa moverme sin prejuicios por diferentes registros. Escoger, entendiendo la literatura como una caja de herramientas, el tono o el formato más efectivo para cada proyecto, casi siempre una mezcla o un collage de recursos y repertorios. Creo que la literatura contemporánea, al menos la que a mí me interesa más, ha ido abandonando los géneros entendidos como restricción y está abierta a transitar por territorios fronterizos, a difuminar los límites.  En otro sentido, la práctica heteróclita de la literatura me ha enseñado mucho. No creo en los especialistas. Menos aún en literatura. Más bien aspiro a construir un lenguaje y una literatura capaz de funcionar en cualquier terreno.
-Lanzallamas
Lanzallamas es un proyecto de difusión creativa cuyo trabajo empezó el año 2004. Conformado por dos diseñadores (Joaquín Contreras y Nicolás Sagredo) y dos escritores (Roberto Contreras y yo) creo que la integración de la letra y el diseño ha sido una de sus principales características. Tanto los libros como los fanzines que hemos publicado han sido trabajados desde esa intención: relevar por igual el texto y la imagen, hacerlos dialogar como lenguajes equivalentes. Lanzallamas es un espacio para la expresión de quienes comprenden el trabajo creativo y cultural como una forma de crítica de la realidad. Su espíritu autónomo y autogestionario puede resumirse en uno de sus eslóganes: Hacemos los libros que siempre quisimos leer.
-Literatura política
Desde luego, creo que las circunstancias actuales, la emergencia de los nuevos movimientos sociales y su ímpetu democratizador, le imponen a la literatura chilena ciertas definiciones. Hace algún tiempo escribí un texto breve sobre este asunto. Se llama La poesía como política (http://www.letras.s5.com/jp031107.html) Hacia el final recojo unas palabras de Enrique Lihn, escritas el año 1968,  que me parecen pertinentes hoy: ¿En qué forma la poesía es capaz  de ayudar, sin dejar de ser poesía, al avance en la conciencia del pueblo? Coincido en plantearse la posibilidad de una literatura política como una pregunta, como un problema a resolver. También con la idea de que la literatura debe dar una respuesta desde su propia especificidad. Hacerse cargo de la situación sin dejar de ser poesía. Desde su contexto, Lihn sugiere una dirección de búsqueda. Dice:Impidiéndole dormitar en esquemas o en vagas generalidades, ampliándola o clarificándola en la dirección, en el ámbito de la sensibilidad. Impedirle a la conciencia social dormitar. Ampliarla en el ámbito de la sensibilidad.
Cuando este país parece empezar a salir del sueño pesado de la postdictadura, la literatura chilena debería hacer un aporte concreto a ese despertar. Contribuir a una comprensión más amplia, más profunda y más compleja de la realidad y de la experiencia que vivimos cotidianamente. Tarea nada fácil frente a la instalación, ya casi totalitaria, de la Utilidad y el Espectáculo como  formas de colonización de los cuerpos y las mentes. Sin embargo, la literatura ha sido siempre una práctica de resistencia. Esa es su fuerza. Su capacidad de imaginar otra vida. Una vida auténtica fuera de los tubos oscuros de la supervivencia donde habita casi todo el mundo. La capacidad de imaginar utopías en medio del desierto.
-Chile actual
Se me ocurre contestar con un poema muy reciente, escrito a propósito de los incendios del último verano:
El país se quema.
Los peores incendios forestales de la década.
Decenas de miles de hectáreas.
Arden bosques milenarios bajo el cielo inmenso de la Patagonia.
Arden grandes extensiones artificiales de pinos y eucaliptos en Bío Bío.
Un cerco de fuego baja desde los cerros y amenaza las ciudades de la costa central.
Los incendios son intencionales.
¿Quién quemó, quién quema este país?
El gobierno acusa a las comunidades mapuche de iniciar el fuego en Bío Bío.
Pero el fuego se inició hace mucho tiempo allí.
El fuego cruzado entre las comunidades y el capital forestal.
Las forestales arrasan los cultivos, talan las especies nativas.
Plantan en su lugar grandes extensiones artificiales de pinos y eucaliptos.
El pino radiata crece allí casi el doble que en otras partes del mundo.
Eso es mucha madera. Eso es mucho dinero.
El pino radiata exuda una resina que se inflama a los 35 grados.
El fuego consume primero las copas de los árboles.
Avanza desde arriba hacia abajo. Cae como una tormenta
sobre las extensiones artificiales de árboles idénticos como postes de teléfono.
El mudo corazón del bosque devorado por las llamas,
el estruendo de los árboles al caer
bajo la tormenta de fuego.
(Los guardias de la empresa de seguridad que trabajaban como brigadistas para las empresas forestales, provocaban la mayoría de los conflictos. En algunas oportunidades provocamos incendios forestales, bloqueábamos los caminos; llenábamos sacos con arena para luego lanzarlos a los canales cercanos a las comunidades para que el agua desbordara e inundara sus siembras. En las noches, cuando las comunidades mapuches realizaban sus ngüillatunes, brigadistas cortaban los rehues)
El país se quema.
¿Quién quemó, quién quema este país?
¿Cuándo se inició el incendio?
El fuego se inició hace mucho tiempo aquí.
Tal vez con la bandera chilena hecha una flama
durante el bombardeo a La Moneda.
Tal vez con la quema de libros en las calles
durante el estado de sitio.
Tal vez con Sebastián Acevedo como una antorcha
en la plaza de Concepción.
Tal vez con Rojas Denegri como una antorcha
frente a la patrulla militar que lo detuvo.
Tal vez con Eduardo Miño como una antorcha
frente al Palacio de Gobierno.
Los árboles y las personas se queman
hace mucho tiempo en este país.
Vivir en un país en llamas,
en un país que se quema.
Vivir a orillas de un largo y angosto río de fuego.
Vivir en el corazón del bosque,
aguantar el desplome. La tormenta.
Valparaíso. Marzo de 2012

17:45 | Posteado en , , | Read More »

ENTREVISTA A MARIO ARTECA



Entrevista realizada por Adela Nicotra, en relación a la participación de Arteca en la Antología  "Un Páis Imaginario. Escrituras y Transtextos, 1960-1979" de Maurizio Medo

(foto de Matías Domíngez)


  1. ¿Qué lo hizo animarse a estampar su firma junto a la de Maurizio Medo en esta segunda edición del libro?



La coautoría para esta segunda edición de "Un país imaginario" es una consecuencia lógica (y una propuesta generosa de Maurizio) del primer volumen editado en Ecuador. Si bien aparezco encabezando (por una cuestión de edad) la publicación de Ruido Blanco, siempre mantuve directa relación con la edición del libro, con el contenido del excelente prólogo-ensayo de Medo. En esta segunda edición, tanto Maurizio, como Benito Del Pliego y yo, hemos trabajado en conjunto, vía mail, para ampliar el ensayo, a raíz también de la aparición de nuevos nombres en la muestra que se editará en Amargord. Firmar ese libro resultó sencillo, sobre todo porque una serie de cambios de opiniones por las redes electrónicas que mantuvimos Maurizio y yo, con otros poetas (los de "Poesía ante la incertidumbre", de Visor), no ha hecho sino ponerme en medio del campo de disputa. El compromiso con el libro es el compromiso con algunas ideas y formas de escrituras, que muchos escritores defendemos más allá de cualquier operación editorial que se interponga. "Un país imaginario" es un libro un poco mío también; y no pensé un minuto en dejarlo solo ante la crítica.
 2. ¿Cómo definiría la propuesta del libro si tuviera que definirla en breves palabras?

"Un pais imaginario" es una cinta elástica de propuestas estéticas, muy diversas, que muestran el grado de combustión del lenguaje existente en las escrituras de buena parte de los poetas latinoamericanos actuales. Lo llamativo de este libro es que coexisten propuestas tan diversas, desde el objetivismo y la vanguardia concretista, el neobarroco y el automatismo, o el experimentalismo, etc. Cuando Medo hablaba, con relación a este libro, de la elección del período a compilar (1960-1979), es porque "Un país imaginario" intenta mostrar los efectos que las diversas crisis consiguieron en la escritura latinoamericana. Y esto es así, perfectamente comprensible. Cuando el suelo se mueve (por dictaduras, rupturas personales, debacles económicas de nuestros países), el lenguaje encuentra una superficie movediza. De alguna manera, este libro intenta mostrar los efectos de ese movimiento telúrico interno, cuyas consecuencias se reflejan en lo heteróclito de las propuestas literarias.     
3. ¿Cuáles son las características predominantes de las escrituras reunidas? ¿La considera una "reunión de escrituras latinoamericanas o más bien "un grupo de escrituras que surgen en América Latina?


Para decirlo de una manera un poco deleuziana, el desplazamiento de sentido es la marca de este libro. O aún mejor: el desplazamiento de sentido que no promueve lugar seguro para la intervención poética. Me da la impresión que este libro se trata más bien de una reunión de escrituras que "surgen en América latina", básicamente porque intentar darle a ese tome de poemas una pretensión de canon sería un error conceptual, y también estratégico. No es que niegue ciertos cánones, pero en este caso, lo interesante es ver qué tipo de vinculaciones pueden existir entre las escrituras, siempre partiendo de la base de la heterogeneidad de propuestas. Lo vinculante, eso sí, es que cada una de las poéticas, asume sus riesgos (la incomunicabilidad, el juego los límites lingüísticos, la variación formal, el trabajo de contraste con la tradición, etc.), por eso "Un país imaginario" no sólo no es canónico, sino que no señala con el dedo a estéticas contrapuestas. Esa es tarea de la Inquisición.

11:36 | Posteado en , , , , | Read More »

De “SUPERHÉROES” de Pablo Torche por Angela Barraza Risso




Los libros siempre han sido un objeto de elites. Desde los copistas en adelante, la creación de los libros, como continentes de conocimiento, ha sido sólo para las castas más pudientes, para los intelectuales, los estudiosos. Incluso hoy, acceder a los libros cuesta demasiado dinero, sobre todo a los best seller, a los libros de moda, a los que nos dice Alfaguara, Planeta o Anagrama que son los que hay que leer, porque son los últimos “descubrimientos” de los editores que andan por los starbuck’s y los bares cazando talentos como los de J. K. Rowling o Ginsberg.

Es divertido dedicarse a la edición de libros y hablar con la gente que desconoce el oficio; pues, de verdad creen que así se dan las cosas: que escribes en un bar o en la pieza, sólo, que te emborrachas, escribes con tinta verde y llega un editor caza talentos que te descubre justo con un ejemplar de un contrato millonario de publicación, porque el mundo no puede vivir sin ese talento revelado, y no entienden que la escritura es un oficio, penca y fatigoso, como cualquier otro y que requiere de golpear puertas, hacer lobby, genuflecciones que implican masajes bougenitales (por no decir chupar picos, porque suena feo en un artículo), estar, participar, corregir, mostrar, corregir otra vez, etc. Y me parece genial que Pablo, que efectivamente publica en Planeta y en cierta forma ha llegado a donde muchos quieren estar, nos cuente la forma en que publica su primer libro, en RIL (que en ningún caso es Planeta) luego de ganar el premio del CNCA, luego de llamar a “varias editoriales de la plaza”, luego de una espera de meses, luego de reuniones, porque en parte, ayuda a desmitificar el oficio “romántico” de la escritura y con eso ayuda también a que los escritores noveles dejen de generar las expectativas horrorosas de la primera publicación, a las que los pobres micro editores, nos vemos sometidos en más de una oportunidad a lo largo del oficio.
Todo es estrategia de marketing cuando se trata de vendernos cosas. Sobre todo cuando se trata de libros y más aun considerando el precio a los que nos son vendidos. Las fantasías maravillosas son para justificar que vale la pena pagar 7 lukas o más, no por el objeto! (porque la factura de un libro jamás supera los mil pesos, menos considerando los tirajes) sino porque el fantástico autor y sus ideas son una especie única a la que sólo llegan las transnacionales por coincidencias extrañas. Sepan que en verdad no es cierto.
Sepan que la escritura es un trabajo y lento.
Primera Publicación.


El año 2000 obtuve el Premio del Consejo del Libro por un volumen de cuentos que había intitulado Superhéroes, y pensé que esta contingencia me ayudaría concretar la ansiada primera publicación. Ya había tenido encuentros con algunas editoriales para intentar publicar un volumen anterior, y sabía por tanto lo difícil que era conseguir que alguien revisara siquiera el manuscrito. Pero en la ceremonia de premiación un asiduo funcionario del Consejo del Libro me había asegurado que después del Premio me “lloverían las ofertas” y yo, premunido de este valioso antecedente, empecé a llamar a animado las distintas editoriales de la plaza. Finalmente en una me transfirieron con el editor mismo, un tipo de voz cavernosa, realmente intimidante, que me aseguró que “habían estado esperando mi llamado”, porque sabían que un autor joven había ganado el mencionado premio. Me pidió que le mandara enseguida el manuscrito y me pidió por honor que le diera dos meses para revisarlo, sin mandárselo a ninguna otra editorial. “Déjame hacer bien mi trabajo, dame  una oportunidad” me dijo.

Por supuesto me encantó esta especie de complicidad literaria, aunque fuera por teléfono, y cumplí fielmente mi compromiso. A los dos meses y medio sin recibir llamado, empecé a tratar de ubicarlo por mis propios medios. Me tomó un buen par de semanas que me contestara siquiera el teléfono. Su voz sonaba ahora distante, no propiamente desinteresada, más bien cansada: “Sí, sí, yo se lo pasé al comité editorial” dijo, como si se tratara de un recuerdo vago “ahí ellos tienen que decidir, yo no tengo idea”.

Tuve más o menos la misma experiencia con algunas casas independientes hasta que, después de un tiempo, no sé cómo, conseguí hablar por teléfono con el editor de otra de las editoriales grandes, un tipo conocido en el ambiente. De éste lo primero que me sorprendió es que me tratara abiertamente de “hueón”, ya desde el saludo. Pero no estaba para reparar en puntillismos de este tipo, y tampoco en la invitación poco entusiasta con que me propuso que le llevara el manuscrito: “Sí querí lo traí hueón, pero te digo al tiro que no creo que lo publiquemos”.

Cuando lo fui a dejar, lo primero que me llamó la atención fue las paupérrimas instalaciones. La oficina ocupaba un piso en un antiguo edificio residencial, en la cual flotaban los escritorios entre rumas de cajas y legajos de papeles arrumbados sin más en el piso. Cuando el editor me hizo pasar recibió el manuscrito como con desconfianza. Miró el título y por alguna razón le pareció a atractivo, lo que me transmitió con un gesto sugerente. Después me regaló con una especie de charla sobre los usos de la literatura joven, lo que esperaba el público y lo que había quehacer para conseguir cada vez más lectores. Fue lo último que escuché de él.

Después de casi un año, cuando había perdido casi por completo las esperanzas, un amigo me consiguió una reunión con los editores de RIL, una editorial formada por una pareja de argentinos que se había instalado hace poco en Chile. Éstos me recibieron con interés, me dijeron que estaban interesados en autores jóvenes, y que el libro les había parecido fantástico. Enseguida se pusieron a hablar de literatura chilena, y deslizaron críticas a algunos autores muy conocidos. Yo, envalentonado con la aprobación de mi libro, consideré apropiado mostrarme completamente de acuerdo con este afán iconoclasta, que incluso maticé con ácidos comentarios. Pero por alguna razón esto ya no les pareció tan bien y, de pronto, mudaron de aspecto. “Bueno, tampoco es bueno criticar tanto” me dijeron con un gesto casi de reprobación. Por supuesto, me sentí aterrorizado ante este comentario, y prácticamente no abrí la boca en el resto de la entrevista.

La técnica en todo caso dio resultado y el libro se publicó unos seis meses más tarde, cuando yo ya había partido a Inglaterra a hacer un postgrado en literatura. Puntualmente, la editorial me hizo llegar el paquete con las 10 ó 15 copias de rigor para el autor. Cuando lo fue a retirar a la oficina de correo de la universidad estaba tan ansioso, que me comedí a sacarlo yo mismo de la estantería. Esto me granjeó un severa reprimenda: ¡Por favor no cruce la línea, quédese donde está!. De vuelta en el flat se lo mostré emocionado a mis compañeros de residencia. Como nadie hablaba castellano se limitaron a observar la chillona portada verdosa por un rato.  “Quite an achievment”, contempló después un brasilero, que algo sabía del tema, y luego todos volvieron a sus ocupaciones.

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TRES POETAS ECUATORIANOS FRENTE A UN PAÍS IMAGINARIO





 por Sharvelt Kattán

A propósito de la segunda edición de Un país imaginario. Escrituras y transtextos, 1960-197, de próxima aparición en España, tres poetas ecuatorianos hablan sobre ella.








CRISTÓBAL ZAPATA



Cristóbal, en Un país imaginario se busca trazar un mapa de poéticas en Latinoamérica ¿piensas tú que esa búsqueda ha reflejado la convivencia de estilos o más bien acentuó aún más las diferencias?

Creo que el conjunto de la selección se propone precisamente postular una poética de la diferencia que acaso podría admitir el calificativo de postbarroca o transbarroca (lo que queda después del barroco y su revival ochentista; lo que va más allá de esas experiencias) esto es un cúmulo de escrituras que trabajan con ciertos móviles retóricos y conceptuales del neobarroco (el anacoluto, la sintaxis fragmentada, el andamiaje intertextual, la referencia cultista), pero que también echan mano de algunos resortes de la poesía conversacional (la recuperación de los registros del habla, de la oralidad), de lo cual resulta una textualidad híbrida donde el yo lírico la mayoría de las veces aparece dislocado o en franco transe de disolución. Este sería quizá uno de los aspectos sobre los cuales valdría la pena reflexionar: frente al emisor poético centrado de lo que se llama muy imprecisamente “poesía de la experiencia”, el locutor transbarroco se muestra completamente descentrado, pues hay allí un desbordamiento de la subjetividad en su necesidad por rebasar el dato autobiográfico y abarcar o diluirse en la prosa de la realidad… En definitiva Un país imaginario antes que un mapa de las diversas poéticas que hoy por hoy conviven en el ámbito latinoamericano, privilegia esas transescrituras características del impulso postbarroco.


¿Crees que haya un estilo predominante dentro de la muestra?

Justamente este que he llamado postbarroco o transbarroco que para bien o para mal sospecho que no es un estilo o escritura de transición –aunque entraña una mutación perpetua–, pues mientras sigamos sometidos a la obscena transparencia mediática, la opacidad que propone surge también como una política o estrategia de resistencia. En un régimen de relaciones telextuales que de algún modo han empobrecido el lenguaje en tanto se agotan en “el mensaje”, en “el recado”, acaso las dicciones “transtextuales” tengan la virtud de llamar la atención sobre el lenguaje mismo de un modo más enfático, a veces histérico, enajenado, convulsivo, revulsivo. Tal vez el postbarroco no sea sino el estilo que corresponde al estío posmoderno.



LUIS CARLOS MUSSÓ



Luis Carlos, la propuesta de Medo de mostrar algunas voces poco conocidas y cuyos textos a ratos parecieran estar al margen de nociones convencionales de poesía, ¿podría plantear una ruptura para el lector con lo que él usualmente está acostumbrado a encontrar en muestras y antologías? En este caso, ¿eso sería positivo o negativo?

Atendiendo a la lírica, en este lado del Atlántico hay una tradición de ruptura más arraigada que en la península. Un libro, una lectura, una performance que se presuma vinculada a la poesía contiene, desde su germen, una propuesta de experimento. De aquí, entiendo, parte la selección de textos y nombres de Maurizio Medo. Dese hace mucho tiempo que la poesía no solo que permite sino que necesita continentes emergentes, más críticos, y una notable dosis de búsqueda. Así, considero positivo la indagación de UN PAÍS IMAGINARIO. Más que un mapa, es una cartografía constructo pues se está haciendo y demuestra las costuras intencionalmente: reconoce su calidad de inconcluso.

¿Hay, en términos teóricos, algo que le quitarías o le aumentarías a la muestra?

Ya que me referí al constructo y a lo inconcluso, creo que quizá sea meritorio hacer una relectura del texto de aquí a unos años y revisar los aciertos, las enmiendas posibles. Creo que Medo tiene un gran conocimiento de los proyectos de escritura que se estás gestando en el continente y, desde esa perspectiva, leer UN PAÍS IMAGINARIO es leer sus subrayados. Y podemos, cómo no, incorporar nuestra lectura a esta lectura. Creo que esta edición, si hacemos un puente con la de Quito, va a tener valores agregados.



CÉSAR EDUARDO CARRIÓN




Muchos han dicho que Un país imaginario es el refrito de Medusario, aquella muestra de poesía neobarroca. Sin querer entrar en aquel tema, César, ¿crees tú que el neobarroco ha mostrado evoluciones estos últimos años?

Para empezar, tendríamos que ubicar con precisión quiénes lo han dicho y con qué intención. No basta con asumir posiciones supuestamente estéticas y defenderlas como si se trataran de verdades absolutas. Personalmente, no me interesan las discusiones mediadas por los insultos, las descalificaciones y las burlas fáciles. Nunca participo de ellas. Suele ocurrir que detrás de estos debates, de estas “guerras” entre poetas, hay mucho más que una confrontación de opiniones. Con frecuencia, se trata de peleas por la legitimidad y la prevalencia dentro de determinados círculos sociales, culturales o literarios. Antes que de debates estéticos (o precisamente por serlo), se trata de luchas por espacios de poder. Y a mí el poder (en especial, esa forma de poder) no me interesa. Recordemos la polémica entre los que ahora llamamos poetas barrocos (Góngora y Quevedo). Estos contrapuntos son una auténtica tradición entre nosotros: han ocurrido a lo largo de siglos y volverán a ocurrir. No creo que Un país… sea solamente un refrito de Medusario. Me parece una apreciación simplista y quizás interesada, y que posiblemente oculta intereses completamente extraños a la poesía. Tampoco estoy seguro de ello. Prefiero pensar que la poesía es un ejercicio intelectual y emotivo que nos invita a la solidaridad, la convivencia y el respeto mutuo entre las diferencias y las diversidades, y no una carrera por el prestigio, la fama y la autocomplacencia. Tal es mi credo: colaborar, no competir; convivir, no discriminar.

Si bien en la muestra preparada por Maurizio Medo hay algo de la impronta experimental, del diálogo con las vanguardias históricas y del trabajo obcecado con el significante de muchos de los poemas de Medusario, abundan también las tendencias y modos expresivos ajenos al neobarroco. Puede que muchas de esas dicciones se perciban hoy como herederas de aquellos autores y obras, pero sólo será desde lecturas reduccionistas que ignoran o desconocen tradiciones poéticas de países como Perú o Chile, donde ciertos modos acumulativos son anteriores al neobarroco y tienen otros orígenes. En algunos casos, por ejemplo, la huella de Lezama aparece más como una adopción por afinidad antes que como un patrón que se reproduzca. Es más un homenaje antes que una rendición de cuentas o el pago de deudas. Mucho de lo que he leído en algunos poetas de la muestra de Medo está ya, de algún modo, en autores muy anteriores como Pablo de Rokha. Otras formas expresivas son más afines, en cambio, a poetas como Nicanor Parra. Otra influencia, discretamente presente en varias partes del libro, parece ser la del poeta peruano Rodolfo Hinostroza o la de otro chileno, Raúl Zurita. ¿Hinostroza y Zurita son neobarrocos? Me parece temerario reducir su voz y etiquetarla con este membrete.

De manera que no se trata de una muestra de neobarrocos evolucionados. Tampoco me parece que la intención de Medo haya sido mostrar que ese camino sigue vigente y sin cambios, a pesar de que más de uno ha leído esa convicción en el prólogo. El problema me parece mucho más sutil y complejo y, por lo tanto, mucho menos aburrido. En Un país… conviven poemas y poetas que dialogan con el conversacionalismo, el concretismo, la antipoesía y también el neobarroco, entre otros. Me sorprende encontrar, por ejemplo, muchos poemas de corte simbolista junto a otros que se podrían calificar de herméticos. Por supuesto que la variedad estética de la muestra está acotada por las preferencias del seleccionador; esto es más que obvio y además es inevitable. Por ejemplo, no encuentro nada muy cercano a la llamada poesía de la experiencia o a la llamada por algunos, tal vez con ingenuidad, poesía de la emoción. Un país… adeuda  a mucho más que un solo acreedor poético, pero también tiene su tonalidad y carácter propio. Por eso me gusta tanto.


¿Un país imaginario, en tu criterio, rompe con los cánones usuales de antologías o muestras al visibilizar otras escrituras? ¿Corre el riesgo de convertirse también en una muestra canonizada?

He dicho antes, quizás con un tanto de malicia, que mi credo consiste en colaborar, no en competir y en convivir, no en discriminar. Pero esto es apenas una pretensión. Jamás colaboraré ni conviviré con ningún tipo de discurso autoritario, que pretenda imponer una sola forma de entender la poesía o el arte en general. No creo en el arte aurático; creo que su función y validez histórica caducó hace mucho tiempo. Ocurre que subsisten rezagos de esas nociones, posiblemente, como un síntoma de la forma en que la modernidad se ha llevado a cabo en Latinoamérica. En muchos espacios culturales de nuestros países conviven en igualdad de condiciones, legitimadas por la institucionalidad educativa y editorial, entendimientos contradictorios sobre lo que es o se supone debe ser “lo poético”. El problema con la noción aurática del arte es que relaciona, sin problematizar ese posible parentesco, a la belleza con el bien y la verdad.  Pero en ningún momento ese tipo de poesía o de arte se cuestiona sobre la naturaleza misma de la belleza, el bien o la verdad. Creo que la poesía no puede limitarse a ser un analgésico moral o emotivo, porque es mucho más que eso y, en muchas ocasiones, muy a pesar de los poetas (tantas veces egotistas, autistas). No se puede naturalizar la noción de poesía, porque, como todo lo humano, es un fenómeno histórico y está sujeto a los avatares del espacio y el tiempo.

No creo que Un País… sea una excepción histórica, porque es parte de la historia misma: está inserto en un momento cultural específico. Quizá dentro de un siglo los lectores de poesía vean en los halagos y diatribas en torno al trabajo de Medo una mera expresión del momento específico de la enunciación y recepción de los poemas que contiene, y rían de buena gana o apenas le den importancia. No creo que Medo haya roto o restaurado ningún canon. Su generosidad y lucidez se lo impedirían, a pesar de que tiene muy claro qué tipo de poesía le gusta y qué tipo de poesía no le agrada. El mérito que tiene Un País… y que lo distingue de otras antologías y lo emparenta de alguna manera a otras recientes (citaré solamente Pulir huesos y La prístina y última piedra) es que visibiliza ciertos discursos poéticos que han estado al margen de las lindes canónicas de nuestros países. Esta marginalidad se da, entre muchas otras razones de orden económico y político, por el poco acceso que han tenido y siguen teniendo los grandes lectores, antologadores y poetas, como Eduardo Milán, a la poesía que se escribe en países como Ecuador o Bolivia, cuyas industrias editoriales son muy precarias. Maurizio Medo ha realizado una exploración muy propia y nos ha ayudado a los lectores de poesía latinoamericana a completar esos mapeos, como tanto otros y quizás como todos, siempre parciales.

Las antologías más conocidas, generalmente, pertenecen a editoriales que recogen el trabajo de autores que han publicado antes bajo su sello, o que guardan cierta fidelidad con las líneas expresivas que promueven, por motivos más comerciales antes que estéticos. Medo se ha empeñado en mostrar el trabajo de muchos autores tanto o más dignos que aquellos promocionados por las transnacionales. No creo que esto suponga un cuestionamiento al canon, si es que se puede establecer algo parecido a un canon en estos momentos históricos. Asimismo, que Un País… llegue a convertirse en un libro canónico dependerá del tiempo. Lo que sí es evidente es la reacción de Medo contra una serie de discursos modales que predominan en los estantes de las librerías, bajo el título de poesía. Por supuesto que la presión comercial de las editoriales moldea en gran medida el gusto de los lectores. También es cierto que la demanda puede condicionar la oferta editorial, pero en el caso de la poesía este fenómeno no es tan claro, porque es un género de minorías, que se lee casi furtivamente. De todas maneras, soy de los que piensan que la mayoría de la mejor poesía latinoamericana se publica en editoriales independientes y pequeñas, y permanece casi en secreto y se distribuye de mano en mano. Están los grandes autores que salen publicados por las grandes editoriales, por supuesto; pero también en ese caso el motivo editorial es predominantemente económico y no artístico, literario o estético. La apuesta de Medo es en este contexto todavía más valiente y admirable. Que sean los lectores y no los poetas quienes juzguen a Un país imaginario.

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