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La generación de F por Mario Borel



La generación de F


Talkin’ ‘bout my generation
I don’t need this fucking shit
Patti Smith






Hace un tiempo atrás conversaba con un amigo, F, acerca de la necesidad de ubicarse en una generación, de no dejarle ese trabajo a la crítica, sino de determinar conscientemente qué es lo hace que esta sea generación. Yo no estaba de acuerdo en lo más mínimo con esto que F me planteaba, principalmente porque no creo demasiado en el discurso que hace que una determinada serie de sujetos o productos actuales sean rotulables bajo un cierto espíritu de época. F es difícil de convencer, no cede fácil en estas cosas, más aún cuando no quiere ceder sencillamente por no ceder. Y la cosa se agrava: yo no estaba interesado en convencerlo de nada en lo absoluto. Sin embargo la conversación seguía, e iba por un devaneo de cosas más o menos sin importancia que tomaba ribetes grandilocuentes, con expresiones severas y manos en los mentones, como suele ocurrir cuando la gente habla de literatura o de filosofía, en un bar, sin ninguna rigurosidad.


Más allá del problema de qué hace que una generación sea tal, o más acá, en las fronteras de un presente que reverbera en una modulación que no se puede ver bien, como un edificio que se contempla sentado en la recepción, sentí escozor por la desesperación de pertenecer a una generación, y luego me encontré con un texto de Susan Sontag («Penser contre soi»: reflexiones sobre Cioran, advierto desde ya que no hablaré sobre Cioran): “La nuestra es una época en que todo acontecimiento intelectual, artístico o moral queda absorbido por el abrazo rapaz de la conciencia: la reducción a términos históricos […] Lo que quizás antaño era un tic marginal de la conciencia, es ahora un gesto gigantesco e incontrolable”. Siento que mi conversación con F, no es más que un signo de este síntoma, donde ese tic se convierte TOC, lavarse las manos del presente, hasta dejar las carnes vivas, en busca del archivo de ese presente, volverlo rápidamente pasado, para hacerlo parte de un futuro que puede o no estar interesado en éste. Y esto no es solo cosa de F, el que parece tener preocupaciones históricas acerca de cosas que no tienen importancia para el resto; éste no era el caso, puesto que los artistas en general suelen aludir, muy explícitamente a veces, a este problema megalómano o reduccionista, según desde dónde se le mire, pero siempre depresivo, donde el análisis para encontrar un lugar ficticio para habitar, un nicho teórico, es litio: I’m so happy ‘cause today I found my friends, they’re in my head: tradición, obsolescencia, huida, innovación, necesidad de ubicar al sujeto en una ecuación, donde estos cuatro elementos consuelan a niños huachos asustados por la inevitabilidad del movimiento.


El problema es el rótulo de esto que se habita. Por eso en ese diálogo con la tradición se necesita un rótulo que permita generar una diferenciación entre lo que ya pasó y esto que habito, topográfica y temporal, la reducción de la circunstancia del sujeto a términos administrativos: la paranoia por la tradición literaria, sentirse perteneciente a la frivolidad propia de buscar una artificiosa “situación” que lo identifique como sujeto rotulado en un marco tradicional. El escritor, por ejemplo, no es escritor por la práctica de la actividad, sino por corresponderse de una performaticidad que da cuenta de un pasado en el que la práctica deviene conformación estética, y la consecución de ésta es la repetición de esa fórmula, fórmula que se expresa en lo estético de la producción literaria, claramente. La diferencia está en el trabajo, en lo que trasciende a la circunstancia del sujeto. Sin embargo todo esto es banalidad. Así mismo, la pregunta historiosófica por la generación es completamente banal, en tanto que también es depresiva: en esta pregunta por la generación hay una reducción de un objeto presente a su representación en futuro agotando las posibilidades de éste, para volverse parte de un archivo. La tradición literaria y la conformación estética del sujeto escritor como productor, cosas que se corresponden recíprocamente en este panorama, terminan determinando el paso en falso, la conversión del tic al TOC, donde la literatura se convierte en víctima y victimario de la anulación del sujeto en una voluntad histórica por la histérica administración de las representatividades: el futuro debe vernos así: reiteración infinita del pasado (porque de esta forma no hay otra posibilidad). El “hay que ser completamente moderno” se contradice de la interpretación “correcta” en el siglo XVIII a su interpretación hoy: el adolescente ignora su pasado y desea acabarse ahora mismo, en el siglo XVIII; el interprete de hoy busca la modernidad en el siglo XIX y XVIII, lo más moderno de la modernidad, se vuelve anciano, fascinado (y asustado también) por la obsolescencia.
 

De esto se desprenderán tres procedimientos que son los que me parecen interesantes y terribles: la fascinación con el futuro, la negación del sujeto (en la huida, que no es otra cosa que huir de sí mismo, la alienación), determinación de la posición del sujeto, sin la cual el archivo, lo que se desea desesperadamente, no tendría sentido. Elementos que subyacen a una interpretación capitalista del problema del tiempo, muy habitual en la reflexión de poetas marxistas que conducen lindos autos por los condominios de La Reina. Con lo que no digo que mi amigo, F, sea capitalista, pero tampoco es marxista; F sencillamente es un buen tipo, por lo que necesariamente no es ninguna de las anteriores.


No podría dudar de la honestidad de F, aunque caiga en estas reflexiones con dinámicas capitalistas. F está fascinado con el futuro, pero su punto es otro, esto en él es un error de sistema, un paso indebido de lo lógico a lo antropológico, un paso de lo sujeto a el sujeto, sin embargo no se lo diría, porque quiero mucho a F y no merece ser tratado de capitalista. Pero la preocupación frenética por el futuro es una expresión capitalista por excelencia, una de las modalidades en que los estados desde sus clases dominantes anulan a los sujetos: la esperanza del cristianismo, el trabajo sobre horario de las sociedades industriales, las promesas de las sociedades democráticas: futuro que quiere decirle a los niños huachos, ya pequeña, pasará, mientras le mete una aguja en los ovarios. Porque esa fascinación también quiere decir sobreestimación interpretativa del sujeto y alternación de éste. Querer verse en un continuum implica por necesidad convertir el presente en pasado y cambiar el futuro por el presente, “el envolvimiento recíproco y contradictorio del antes por el después; [...] se siente uno mismo y lo otro, lo eterno está presente en un átomo de duración”, como diría el buen marxista de Sartre acerca de Genet representando la (propia) adolescencia, aunque la última oración de la cita parezca sacada de san Agustín. Y la estrategia es claramente adolescente. Cuando pensaba en este punto recordaba mi librito imaginario de gestos adolescentes: Sid Vicious, Kurt Cobain, Edie Sedgwick. Lo que no es otra cosa que instalar la desesperación en los sujetos como modo de administración. Se reduce la transitoriedad del sujeto, es decir su capacidad de ser actual, estar en acto, a una serie de elementos que lo determinan: si pienso en mi generación es porque puedo definirla, sobre la base que nada sucederá más en ella. El sujeto se reduce a objeto determinado por su propia crítica. Esto es artificioso y falso, no puedo limitar las posibilidades de hacer y de ser en el hacer de una serie de sujetos productivos. Podría ponerse de acuerdo un grupo de sujetos para hacer una generación, volviéndose estáticos. La neurosis suprema, igualmente que la del que intenta delimitar su propia generación. (F es un neurótico, pero no importa, porque yo también lo soy). Aunque eso quizás contradeciría las bases de nuestra tradición occidental de hijos de la república jacobina, fascinados con la libertad. Ese punto republicano, entonces a la basura. Lo que me parece muy lindo puesto que me hace pensar literatura conservadora, en el más propio sentido de la palabra, y en un montón de musulmanes agarrando a cabezasos alguna casa de gobierno. El sujeto se idealiza, se sobreestima (no como partícula subjetiva, sino como lo sujeto), se alterna para poder producirse de modo estático y ver lo producido (esto quizás no tenga el menor sentido, porque el planteamiento mismo no tiene sentido), se aliena y queda en la historia, para que luego la interpretación lo modifique. Daaah!. Otra vez vuelvo a mi librito imaginario de adolescente: Sid Vicious, el chico no-sé-hacer-nada del punk, establecido (aunque luego de muerto) como el ícono de contestatariedad, hoy por hoy aparece en las poleras y la propaganda de algunas marcas de multitiendas, las que usan los chicos nice para ir Starbucks.


La posición del sujeto se ve doblemente afectada: por un lado se desea ansiosamente encontrar la posición teórica, y por otro se niega la posición del sujeto real (quiero decir, del sujeto siente). Esto se reduce a una estrategia ansiosa e histérica (las peores cualidades que nos dio el muy moderno siglo XIX), donde urge que pase algo, lo que sea que nos determine: la generación de transición desde la dictadura, la primera generación fuera de ella, la primera generación realmente fuera de ella, la primera generación nos olvidamos de ella. Aquí es donde la estrategia deviene crisis nocturna y masturbación por un amor no correspondido: se necesita el elemento político de diferenciación que haga que la generación anterior sea antítesis de la predecesora para que seamos síntesis y otra cosa en el cuadro lógico. Ya había dicho que un mal marxista reproduce este error infinidad de veces. Las generaciones, claro está, no están determinadas solo por años y números (que a veces parecen tomados antojadizamente), debe haber una marca histórica que haga que el cómo interpretamos un término se vea modificado, que haya una diferencia entre lo que se dice “correctamente” de él y lo que se dice realmente de él en su tiempo. Los años son una comodidad historiosófica bastante recurrente. Y para que haya una diferencia real, y ya que hablamos sobre literatura, que permita una relación dialéctica entre la generación del 80 y la generación del 90 para sintetizar en una generación de 00 (?) deber haber un discurso literario “correcto” respecto de la generación del 80, lo que es un absurdo, luego que la generación del 90 esté definida, lo que es un absurdo al cuadrado, para que la generación de 00 sea posible llegar a establecerla como generación. Pero 00 es el futuro, la academia siempre está un par décadas atrasada respecto de los objetos reales, por lo que no le echaría la culpa, aunque sea muy divertido. Quizás sí podría culpar a la academización, pero eso es terreno sensible, más aún en los hipotéticos sujetos de los que hablamos. Y habría que recalcar el punto que no es culpa de la academia, sino que son las generaciones actuales las que intentan validarse en una cierta historia, para lograr una cierta trascendencia. La voluntad trascendencia es la que expía el hambre en las comunidades artísticas, como el paraíso expía el sufrimiento en la comunidad católica. Definir una generación actual equivale a contemplar un edificio desde la recepción.


Imagino que toda esta explicación haría que mi amigo, F, levantara su cabeza redonda y, con los ojos abiertos como dos grandes globos de helio color café, me dijera algo así como que me falta enamorarme, que el clima en Viña es muy bueno o que últimamente no ha leído nada que lo conmueva.

Posteado por Arturo LedeZma Martìnez el 2:04. etiquetado en: , , , , . puedes segui el rss RSS 2.0. déjanos tu comentario

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