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Valleto & Co.: Romaticismo Tardío Mexicano a contraluz del humor


POR JULIÁN HERBERT




Una pregunta –romántica y no– persiste en un rincón de la literatura mexicana: ¿por qué se suicidó Manuel Acuña, protomédico de 24 años, coahuilense nacido en 1849, huérfano de padre, autor de un drama cuyo triunfo apoteósico hoy nos resulta casi incomprensible, autor también de dos poemas más o menos célebres: estrella fulgurante y fugaz del tardío romanticismo nacional?... No faltará quien opine que la cuestión está saldada: hay suficientes datos biográficos para inferir que, al momento de su muerte, el hombre lidiaba con una profunda crisis emocional y económica.# Pero su fama no se asienta en hechos positivos sino en el tópico romántico por excelencia: flor-tronchada-en-plenitud-por-una-intensa-pasión. Hay además, en torno a la desgracia, un issue poco explorado: la amargada ironía que trasmiten algunos de los mejores poemas que el saltillense compuso en sus últimos meses de vida. Habría, pues, al menos tres rutas para acercarse al suceso: la mítica, la biográfica y la estilística.




No importa cuánto nos esmeremos en desmentirlo, el coro popular repetirá que Acuña se envenenó por los desdenes de su amada: la mustia y aburrida musa Rosario de la Peña, casta y dulce (y fea) chica de sociedad durante el apogeo del Porfiriato. De ahí la fama singular del “Nocturno” de Acuña dedicado a ella, un poema mediocre incluso comparado con otros malos poemas de su mismo tono y técnica. Esto me lleva a enfatizar un hecho clave: el “Nocturno” a Rosario es una obra incompleta si se le juzga exclusivamente en su perímetro textual; para asimilar su plenitud estética tenemos que leerlo como nota a pie de página de un gesto (diré más, de una performance): la muerte a mano propia de su autor.# Sólo a través de una lectura de tal índole cobran intensidad los versos finales: “¡adiós por la vez última, / amor de mis amores; / la luz de mis tinieblas, / la esencia de mis flores; / mi lira de poeta, / mi juventud, adiós!” Quitemos el suicidio y lo que queda es patetismo débil –incluso para los estándares del romanticismo mexicano tardío.#


Por lo que atañe a los hechos históricos que circundan la tragedia, el opúsculo de Marco Antonio Campos es referencia básica.# Campos enumera estas probables causas del suceso: Manuel vivía en un lamentable estado de pobreza, especialmente tras el fallecimiento de su padre; su salud (física y mental) era, según testimonio de sus allegados, precaria; recientemente había procreado, con la poeta Laura Méndez, un hijo al que por supuesto era incapaz de criar y sostener –y que por otra parte le sobreviviría apenas unos meses–; y, pese a que su drama El pasado había tenido un caluroso recibimiento en 1872, la segunda puesta en escena (ya en el 73) resultó un fracaso.
Dicho fracaso abre la puerta a una tercera, maliciosa lectura de la anécdota: tal vez Acuña se suicidó con el afán de preservar su magro éxito; por trascender los límites de su romanticismo; para ingresar, con pasaporte de cianuro, a los libros de Historia Nacional. 

Hasta donde sé, el primero en proponer esta socarrona teoría fue Juan José Arreola en su cuento “Monólogo del insumiso”. La pieza lleva el epígrafe “Homenaje a M. A.” e incluye frases como estas: “Hay un diablo que me castiga poniéndome en ridículo. Él me dicta casi todo lo que escribo”… “me siento condenado a repetirme y a repetir a los demás”… “Y yo andaría con mi cabellera llena de telarañas, representando a los ochenta años las antiguas tendencias con poemas cada vez más cavernosos y más inoperantes”… “Cuando menos, me gustaría que no solo en mi cuarto, sino a través de toda la literatura mexicana, se extendiera un poco este olor de almendras amargas que exhala el licor que a la salud de ustedes, señoras y señores, me dispongo a beber”.#

¿Hay en la obra de Acuña rasgos que justifiquen un enfoque tan poco grave de su muerte? Opino que sí: la ironía antirromántica practicada por Arreola le hace justicia, si no a la verdad histórica, sí al estilo predominante en algunos de los últimos textos del poeta.

La vena satírica de Manuel será (tanto para él como para nosotros) un hallazgo tardío: todos sus poemas de 1868-69 tratan temas “serios” de manera cursi.# en 1870 aparece un primer y tibio intento de aproximación al humor:Uno y quinientos. Hay algunos ejercicios más bien desafortunados entre 1871 y 1872 (“Dos víctimas” es quizá el más rescatable). Pero es justo su primer poema fechado en el 73 (es decir el año de la muerte) el que incorpora el tema central de su poesía satírica futura: la crítica a los modelos literarios. Se titula “La vida en el campo” y, previsiblemente, es una burlona lectura del tópico latino (y barroco) 
beatus ille. No es un texto completamente desafortunado, aunque sí demasiado extenso; a ratos el autor parece frígido ante lo que censura (incluso reconoce que “la vida en el campo” no es un tema que importe gran cosa a sus coetáneos). Más interesantes son cuatro composiciones posteriores en las que zahiere la referencialidad más obvia del romanticismo tardío: “Nada sobre nada”, “A la luna”, “Letrilla” y “La Gloria”.
“A la luna” no solo hace broma de ese satélite y de sus obvias implicaciones románticas: también es una crítica al estilo pomposo de algunos poetas cuyos nombres son citados (directa o indirectamente) en las estrofas. “Letrilla” se interesa menos por lo estético y retrata con chistes buenos y malos los hábitos del medio literario mexicano. “La Gloria” es a mi juicio el testamento literario de Acuña en un sentido más profundo que el “Nocturno” a Rosario. Primero, porque el relato contenido en esta pieza describe no solo la decepción amorosa, sino la azarosa condición estética –y el suicidio que acompañaría a ambas.# Segundo, porque en él se funden (si bien de manera torpe) las dos vetas de su poesía: lo cómico y lo solemne. Y tercero porque, aunque fallido, es sin duda su texto más ambicioso, tanto en asunto y estructura como en versificación. “La Gloria” contiene pasajes que prefiguran el primer modernismo. Como éste:


          Elena va al paseo
          de lucir y brillar en el deseo;
          tiene palco en el teatro y no hay velada,
          tertulia, baile, aniversario o fiesta,
          a que oportunamente convidada
          no se encuentre a asistir siempre dispuesta.




Sin embargo, en ningún otro poema satírico consiguió Acuña tal equilibrio entre modernidad, musicalidad, estructura e inteligencia como el que puede apreciarse en “Nada sobre nada”. Se trata a mi juicio de su mejor pieza, superior a “Nocturno”, “Ante un cadáver” y “La Gloria” (lo que solo significa que lo considero un texto más vivo, más cercano a la sensibilidad contemporánea; o a lo que para mí es esta sensibilidad).


“Nada sobre nada” es un discurso en verso: desde su arranque el autor nos avisa que su intención original era entregarnos una prosa, pero que fue sorpresivamente disuadido de ello. Es también un poema de ocasión: lo escribe “…ya que es preciso, / puesto que así lo han dicho en el programa”; pero lo considera un “grave y horrible compromiso” del que intenta salvarse. Es, finalmente, un poema que no se concibe del todo como tal: “que rompa yo la bendecida prosa / que preparado para el caso había / y que escriba en vez de ella alguna cosa / así, que se parezca a la poesía”; es un antipoema. 

Gutiérrez Nájera

Desde tal exterioridad y ligereza, Manuel Acuña pasa revista sin piedad a algunos de los temas centrales del romanticismo (e incluso de alguna poesía anterior a este): la belleza inmarecesible de la amada, la fe religiosa, la contemplación arrobada de la naturaleza, la relación entre vida y ética, el mar como metáfora de lo sublime, la épica, la hagiografía… Y despedaza, cada tanto, su propio esfuerzo. Describe la fealdad de su novia registrada en “un retrato / firmado por Valleto y Compañía” (nuevamente linda con el Gutiérrez Nájera que vendrá). Se asume incapaz de hablar del mar –de lo sublime– porque en materia de “charcos” sólo conoce “el lago de Texcoco”. Declara haber escrito ciento cincuenta octavas reales sobre la vida y sus miserias; octavas “cuyo único defecto / (…) era que en vez de ser originales / no pasaban de un plagio de Espronceda”. Y el texto prosigue en este mood hasta su apoteosis, un final que bien podría leerse como gemelo abyecto de la última estrofa del “Nocturno”:


          Ya que en mi numen agotado no hallo
          ni el asunto ni el plan a que yo aspiro,
          rompo mi humilde cítara, me callo,
          y con perdón de ustedes me retiro.



Una retirada equiparable al suicidio –siguiendo la lógica brillante y perversa del cuento de Arreola. 

“Nada sobre nada” es una obra fundacional de la (por lo demás vastísima y escasamente atendida) poesía satírica mexicana. Una lectura que permite observar otra vertiente de un autor al que comúnmente enmarcamos en la zona más inofensiva de nuestra tradición, pero cuyo humorismo cínico y desencantado podría considerarse un temprano antecedente de poetas como Manuel Gutiérrez Nájera, Ramón López Velarde y Renato Leduc.






NADA SOBRE NADA




Poesía leída en la velada literaria que celebró la Sociedad
"El Porvenir" la noche del 3 de mayo de 1873




Pues, señor, dije yo, ya que es preciso
puesto que así lo han dicho en el programa,
que rompa yo la bendecida prosa
que preparado para el caso había,
y que escriba en vez de ella alguna cosa
así, que se parezca a la poesía,
pongámonos al punto,
ya que es forzoso y necesario, en obra,
sin preocuparnos mucho del asunto,
porque al fin el asunto es lo que sobra.

Así dije, y tomando
no el arpa ni la lira,
que la lira y el arpa
no pasan hoy de ser una mentira,
sino una pluma de ave
con la que escribo yo generalmente,
violenté las arrugas de mi frente
hasta ponerla cejijunta y grave
y pensando en mi novia, en la adorada
por quien suspiro y lloro sin sosiego,
mojé mi pluma en el tintero, y luego
puse estas ocho letras: “A mi amada”.

Su retrato, un retrato
firmado por Valleto y Compañía,
se alzaba junto a mí plácido y grato,
mostrándome las gracias y el recato
que tanto adornan a la amada mía;
y como el verlo sólo
basta para que mi alma se emocione,
que Apolo me perdone
si dije aquí que me sentí un Apolo.

Ella no es una rosa
ni un ser ideal, ni cosa que lo valga;
pero en verso o en prosa
no seré yo el estúpido que salga
con que mi novia es fea,
cuando puedo decir que es muy hermosa
por más que ni ella misma me lo crea;
así es que en mi pintura
hecha en rasgos por cierto no muy fieles,
aumenté de tal modo su hermosura
que casi resultaba una figura
digna de ser pintada por Apeles.

Después de dibujarla como he dicho,
faltando a la verdad por el capricho,
iba yo a colocar el fondo negro
de su alma inexorable y desdeñosa,
cuando al hacerlo me ocurrió una cosa
que hundió mi plan, y de lo cual me alegro;
porque, en último caso,
como pensaba yo entre las paredes
de mi cuarto sombrío,
¿qué les importa a ustedes
que mi amada me niegue sus mercedes,
ni que yo tenga el corazón vacío?
Si mi vida vegeta en la tristeza
y el yugo del dolor ya no soporta,
caeré de referirlo en la simpleza
para que alguien me diga en su franqueza:
”¡¿si viera usted que a mí nada me importa?!”

No, de seguro, que antes
prefiero verme loco por tres días,
que imitar a ese eterno Jeremías
que se llama el señor de Caravantes.

Y convencido de esto,
ya que era conveniente y necesario,
borré el título puesto,
y buscando a mi lira otro pretexto
escribí este otro título:
El Santuario.

¡El santuario!... exclamé; pero y ¿qué cosa
puedo decir de nuevo sobre el caso,
cuando en cada volumen de poesías,
en versos unos malos y otros buenos,
sobran templos, santuarios y abadías?
Para entonar sobre esto mis cantares,
a más de que el asunto vale poco,
¿Qué entiendo yo de claustros ni de altares,
ni que sé yo de sacristán tampoco?

No, en la naturaleza
hay asuntos más dignos y mejores,
y más llenos de encantos y belleza,
y, ya que he de escribir, haré una pieza
que se llame:
Los prados y las flores.

Hablaré de la incauta mariposa
que en incesante y atrevido vuelo
ya abandona la rosa por el cielo

y ya abandona el cielo por la rosa;
del insecto pintado y sorprendente
que de esconderse entre las hierbas trata,
y del ave inocente que lo mata
(lo cual prueba que no es tan inocente);
hablaré... Pero y luego que haya hablado
sacando a luz el boquirrubio Febo,
me pregunto, señor, ¿qué habré ganado,
si al hacerlo no digo nada nuevo?...

Con que si esto tampoco es un asunto
digno de preocuparme una sola hora,
dejemos sus inútiles detalles,
ya que no hay ni un señor ni una señora
que no sepa muy bien lo que es la aurora
y lo que son las flores y los valles...
Coloquemos a un lado estas materias
que valen tan poco para el caso,
y pues esto se ofrece a cada paso
hablemos de la vida y sus miserias.

Empezaré diciendo desde luego
que no hay virtud, creencias ni ilusiones;
que en criminal y estúpido sosiego
ya no late la fe en los corazones;
que el hombre imbécil, a la gloria ciego,
sólo piensa en el oro y los doblones,
y concluiré en estilo gemebundo:
¡Que haya un cadáver más qué importa al mundo!

Y me puse a escribir, y así en efecto,
lo hice en ciento cincuenta octavas reales,
cuyo único defecto,
como se ve por la que dicha queda,
era que en vez de ser originales
no pasaban de un plagio de Espronceda.
Como era fuerza, las rompí en el acto
desesperado de mi triste suerte,
viendo por fin que en esto de poesía
no hay un solo argumento ni una idea
que no peque de fútil, o no sea
tan vieja como el pan de cada día.

En situación tan triste
y estando la hora ya tan avanzada,
¿qué hago, dije yo, para salvarme

de este grave y horrible compromiso,
cuando ningún asunto puede darme
ni siquiera un adarme
de novedad, de encanto, o de un hechizo?
¿Hablaré de la mar yo que en mi vida

he viajado tan poco,
que en materia de charcos sólo he visto,
y eso una vez, el lago de Texcoco?

¿Hablaré de la guerra y de la gente
que enardecida de las cumbres baja
desafiando al contrario frente a frente,
y habré de convertirme en un valiente,
yo, que nunca he empuñado una navaja?
No, señor, que aunque estudio medicina
y pertenezco a esa importante clase
que no hay pueblo y lugar en que no pase
por ser la mas horrible y asesina,
aparte de que en esto hay poco cierto,
como lo prueba y mucho la experiencia,
yo, a lo menos hasta hoy, me hallo a cubierto
de que se alce la sombra de algún muerto
a turbar la quietud de mi conciencia.

Sobre los libros santos, se podría
con meditar y con plagiar un poco,
arreglar o escribir una poesía;
pero ni esto es muy fácil en un día
ni para hablar sobre esto estoy tampoco;
porque en fiestas como ésta,
donde el placer está como en su templo,
salir con el Diluvio, por ejemplo,
fuera casi querer aguar la fiesta;
y como yo no quiero que se diga
que he venido a tal cosa,
ya que en mi numen agotado no hallo
el asunto y el plan a que yo aspiro,
rompo mi humilde cítara, me callo,
y con perdón de ustedes me retiro.

Posteado por Angela Barraza el 15:38. etiquetado en: , , , , , . puedes segui el rss RSS 2.0. déjanos tu comentario

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