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CUATRO RESEÑAS DE POESÍA [Por Alejandro Godoy]


Arrastro tras de mí los cadáveres de todas mis ilustraciones,
de todas mis vocaciones perdidas. 
Julio Ramón Ribeyro

Lumbral, de Antonio Guajardo.
Para Rilke una obra de arte es buena si ha surgido al impulso de una intrínseca necesidad y en este su modo de engendrarse radica el único criterio válido para su enjuiciamiento. En esta noción me apoyo para escribir acerca del libro Lumbral (Editorial Pfeiffer, 2012) de Antonio Guajardo, donde surge precisamente la doble necesidad de encontrar un nombre propio y expresar en la escritura el abatimiento ante tal carencia. Cito a Guajardo en el poema “Los cuatro hombres”: En la sombra del hombre me reniego / del hombre que no tiene luz ni nombre (P.28) - leve guiño a el poema “El Regreso” de Mistral: y nombre nunca tuvimos / porque los nombres son del Único-.  Marchant en su texto “¿En qué Lengua se habla Hispanoamérica?” refiere a la importancia de que Hispanoamérica alcanzara un nombre propio, se hablase desde sí misma, para la consolidación de una identidad cultural. En el caso deLumbral, revelarse contra el nombre en busca de una historia propia hace que la carga de cada palabra se revista con experiencias particulares de su autor. Así como Mistral tomó la palabra Desolación para entenderla como descubrimiento e imposición “después de la muerte de un anterior Dios y el silencio de escritura que a esa muerte sigue”, Lumbral, palabra inquietante por su relación conceptual, no busca en ningún momento figuras facilistas como se ve en gran parte de los autores contemporáneos, sino que el poema se sitúa –escena de la madre en el poema “Hija de la Luna”- en el impulso a las palabras, en la necesidad que se presenta forjando una métrica al servicio de la experiencia que engendra la escritura y el ímpetu surgido ante el hecho de que se haya arrebatado una identidad, donde sextinas, coplas, haikús construidos de manera perfecta, se enuncian eclipsando el carácter espectral al huir de los fantasmas que habitan el poema.

Exhumaciones, de Yeny Díaz.
Poco, por no decir nada, dicen las palabras de Roberto Onell acerca del libro Exhumaciones (Camino del Ciego Ediciones, 2010) 
de Yeny Díaz Wentén“Exhuma ritualmente voces conmovedoras” “elegías por la violencia estatal” “modo cantor y versos episódicos”, palabras que en su más amplio término no dejan de mostrar la incapacidad de lugares como la Revista de Libros de El Mercurio para valerse como espacios trascendentes de reflexión y crítica literaria. EnExhumaciones, se despliega una voz que rescata en la oralidad la historia no reconocida resguardando la interrupción del retorno y el lenguaje que lo registra desde la pérdida o la imposibilidad del tiempo otorgado que nos da a pensar en un posible olvido: Dios nos dio la espalda, escribe Yeny. El texto la palabra soplada, del libro “La Escritura y La Diferencia”, nos podría dar un primer acercamiento a la problemática tratada por Díaz. Cito a Derrida: la muerte es una forma articulada de nuestra relación con el otro. Yo no muero sino del otro: por él, para él, en él. Mi muerte es representada. En el momento de la muerte -así se expresa a lo largo de todo el libro-, hay un otro que nos despoja de nuestra vida. ¿Y quién puede ser el ladrón sino ese gran Otro invisible, perseguidor furtivo que en todas partes me dobla, es decir, me repite y me sobrepasa. La idea de Dios como el nombre propio de lo que nos priva de nuestra naturaleza y nos da la espalda se ve reflejada en la sección “Animitas” -cercano al trabajo que nos muestra Formoso en “el cementerio más hermoso de Chile”-, demostrando que el libro Exhumaciones es el compromiso de una de las escritoras más atrayentes en cuanto a propuesta y cuya madurez escritural expone en gran parte la promesa de desarrollar una poética proporcionada por la experiencia que asciende a partir de un juego entre presencia o ausencia. 

Naturaleza Muerta, de Guido Arroyo.
Quizá Naturaleza Muerta (Ediciones del Temple, 2011), de Guido Arroyo, nos da una explicación de la poca relevancia que tuvo su autor dentro de la generación en que habitualmente se le cataloga. El mismo intento pseudoteórico y las referencias ya trabajadas con mayor o menor profundidad parecieran comerse cada uno de los textos donde nada de original se ve salvo la instalación de un lugar más bien inoportuno; un intento funestamente pretensioso que no constituye ningún aporte a este anecdotario preso de lo pueril. Gran parte de los poemas están marcados por una banalidad que abusa del recurso panfletario y a ratos llegan a demarcar en lo cliché: de mis sentidos sólo quedan cenizas, o, nada ocurrió con los niños que fuimos / postularon a una beca o se colgaron de madrugada, versos en los que el ensayo de una precaria ironía demuestra la falta de voz propia. No dejan de ser pintorescas las palabras de Polanco –por omitir el tedioso tratamiento en el texto de Henrickson- al escribir dentro de la presentación del libro: “Hay un tono abigarrado, saturado de hablas e información”, lo cómico es que Polanco no deja de tener razón al presentar el libro: más que jugar con la idea de un vació constitutivo en el poema, el facilismo en torno a la noción de Arte que se desarrolla denota la nula afectación de un sujeto domesticado por referentes más grandes. La falta de pulcritud se torna inaguantable más allá de la superflua afirmación de que el empleo de la cita configure una opción política. Lo que más se extraña al leer el libro es la operación de remontar a través del trabajo simbólico hacia el origen mismo de la simbolización, hacia la procedencia arcaica del lenguaje- operación a la que Pablo Oyarzún se refiere en Regreso y Derrota al introducir el concepto de anasemia tratado por el psicoanalista Karl Abraham-. Naturaleza Muerta pareciera ser un libro escrito con aires de intelectualismo abaratado, donde hasta el chantaje sentimentalista en los versitos de Schmidt, Cajales, etc. (cuyos libros sólo pueden servir como abono para fertilizar nuevas propuestas y ejemplificar la manera de cómo no acertar en un proyecto poético), o las pobres y necesitadas reseñas de Lavquén resultan más interesantes de leer.

Pedernal, de Natalia Rojas.
Esta es la mano que me hace transitar, dice Natalia Rojas en su plaquettePedernal (Cuadro de Tiza Ediciones / Vox, 2011), donde la mano al escribir está erosionada y repite la imposibilidad de testimoniar la articulación presencia-ausencia que se deforma en el tejido del poema. Severo Sarduy en sus ensayos teóricos define el barroco como una gran hipérbole donde los elementos de la naturaleza han sido disociados. Así, en Pedernal, los elementos se disocian con el transcurrir de los significantes en el texto. La escritura es cosa radical en un cuerpo articulado donde los neologismos se encristalan para representar la búsqueda de un nuevo phatos y donde el contenido que abarcan no está en su mayor parte dentro de la conciencia del sujeto que escribe. Javier Bello define Pedernal como un libro sobre el duelo: “sobre el propio duelo, lo re-velado se transforma aquí en el velar –con un cirio– ese cadáver que sustenta toda apropiación simbólica, y que aquí resulta el cuerpo mismo de quién habla, de quien escribe”. La palabra expone un cadáver que establece en la frontera del recuerdo un residuo, donde regresar al símbolo primero es reticular en el lenguaje a modo de ofrenda una de las partes del cuerpo que está mutilada. En pedernal el viejo rito de recolectar ramas y posteriormente quemarlas a modo de venganza muestra un crimen arcaico que se ha cometido, la mancha se ocupa de desnudar lo que ves en el fuego y en la voz de los elementos. Pedernal, es ante todo, una propuesta cargada de fuerza e impacto estético que demuestra gran manejo de Natalia Rojas en la escritura.

Posteado por Angela Barraza el 18:26. etiquetado en: , , , , , , . puedes segui el rss RSS 2.0. déjanos tu comentario

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