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Rodrigo Olavarría




Rodrigo Olavarría
Nació el año 1979 en Puerto Montt. Es Licenciado en Literatura de la Universidad de Chile. El 2001 fue becario de la Fundación Pablo Neruda. Ha publicado los libros: “La noche migratoria” (2004) y “Alameda tras las rejas” (2010). Ha publicado traducciones de Allen Ginsberg, Sylvia Plath, Patti Smith, Sam Shepard y otros. Pronto publicará el libro “Cuaderno Esclavo” y las traducciónes de “Antología de Spoon River” de Edgar Lee Masters.


Páginas amarillas

Sistemas de flotación

Los momentos que decimos inolvidables son convertidos en pasado inexorable apenas su estatus es declarado. La voluntad que declara inolvidable un momento lo preserva, como recuerdo, del riesgo al que la normalidad y la regularidad lo exponen. Y esa preservación funciona como un flotador para esa noche en que das todo por perdido, en que ni el sueño te alcanza para cauterizar heridas que crecen y colonizan. Pero ese salvavidas, guardado tanto tiempo, tiene fisuras o el tiempo lo ha transformado en contraste puro. Al final, los momentos inolvidables son el terror, te paralizan. Por eso hay que saber nadar.


Temblor

Ese día, apenas salí de su casa, saqué un cuaderno y escribí: “You got me shakin’ like a leaf on a tree”, y luego: “Este poema es un pagaré equivalente a diez mil sestercios por tus hombros y tu cuello”. Anotaciones que se sumaron a otras tan indescifrables como ésta: “Higiénicas filas de monstruos, nutricionistas y democratacristianos”.


Setentainueve

Una vez al mes hablo entre tres y cuatro horas por teléfono con mi amiga Carmen. Se trata de llamadas que recorren curvas emotivas que van de la burla al llanto y de la risa a las declaraciones de amor. El día de la llamada suya que ahora refiero era miércoles. Le dije que tenía que traducir una obra de teatro, que me quedaba mucho y que la iba a llamar yo apenas terminara. Ella dijo que no había problema, que en realidad llamaba para invitarme a la avant-première de la nueva película de Batman y que si quería ir la llamara de vuelta.
Llegué a su casa a eso de las siete, el estreno era a las diez, fumamos pitos, comimos algo y luego volvimos a fumar. Saqué de mi bolso el libro que estaba leyendo, era Child of God, una novela de Cormac McCarthy, la segunda de él que leí y la que me hizo devoto de ese viejo. Le leí un fragmento a la Carmen, tres o cuatro páginas donde un herrero le explica al protagonista el proceso para devolverle el filo a un hacha, los colores que debe alcanzar el metal en la forja, cómo enfriar el acero, cuánta sal usar para ablandar el agua y una docena de secretos profesionales que el herrero detalla para luego decir: “Es como en todas las cosas. Si haces algo mal es como si lo hubieras hecho todo mal. ¿Crees que podrías hacerlo?”. A lo que el protagonista responde: “¿Hacer qué?”. 
Estábamos muertos de la risa leyendo las descripciones de McCarthy, no porque nos parecieran ridículas, sino por lo afectado que sonaba todo. Entonces la Carmen se levantó, fue a la pieza de al lado y volvió con un libro de Cioran y uno de Poe, dos héroes juveniles. Abrimos El ocaso del pensamiento, leímos al azar y empezamos a rodar por el suelo riendo de amor por frases de esta naturaleza: “Si Dios colocara la frente en mi hombro, ¡qué 
bien estaríamos los dos así, solos y desconsolados!”. 
Luego abrimos el libro de Poe, una antología que incluía un glosario con las palabras que la lectura de Poe aportaba al estudiante, palabras como blood, moon, axe, death, raven, struggles, villains, abstruse, roar, creep, tomb, murder, curse y otras semejantes. Cabe aclarar que nos reímos solamente del glosario, que jamás tendríamos el coraje de reírnos de Poe y que leímos con reverencia Annabel Lee y ese poema que empieza: “I saw thee once, once only, years ago... / I must not say how many – but not many”.
Yo había terminado mi libro Alameda tras las rejas dos años atrás y, por supuesto, la Carmen lo había leído. Me dijo que sería una buena idea incluir un glosario al final o algo así. Yo le dije que no era mala idea aunque lo más probable es que no tuviera mucha gracia porque en mi libro no había palabras que ameritaran un glosario y que me avergonzaría terriblemente un glosario que consignara las palabras más recurrentes en él, palabras como amor, cama, suicidio, guerra y esclavo. Ella se encogió de hombros y dijo que era hora de partir al cine.
Días después recordé el glosario de Poe, revisé mi libro y anoté las palabras que parecían ser claves, pero mi intervención a la hora de elegirlas era tan flagrante que decidí buscar en internet una herramienta que mostrara la recurrencia de palabras en un texto. El resultado fue más breve, revelador y barato que años de psicoterapia. La palabra que está al tope de la lista es ella, y se repite setentainueve veces. Las cinco siguientes aparecen más de cincuentas veces y son casa, dos, todo, amor y nada. Entre cincuenta y cuarenta veces aparecen libro, algo, vida, todos, noche, mujer y antes. Y luego, más de veinte veces, cosas, cama, tiempo, siempre, canción, ciudad, estar, calle, sexo, primera y escribir. 


En producción

La vida considerada como una constante filmación, donde cada hecho relevante amerita una película, un corto o un documental. Cuando estoy rodando me preocupa únicamente no aburrirme y no aburrir, bajo la premisa de que una obra del espíritu sólo vale la pena si hay alguien ante ella. Trabajo con la constante sensación de que ésta puede ser mi última producción y que la película más importante nunca llegará a ser filmada. 


Usmail Polumetis

Camina por la calle sin dinero en los bolsillos, tararea un blues que prácticamente se formó en su boca y que dice: “I got the bank account blues, got no money, no honey, what can I do?”. Vive en un país lejano como el punk y la salud. Todavía no tiene veinte años, una cuenta en el banco o necesidad de dinero; lee, se familiariza con los tópicos del dolor y le da vueltas a lo que podría pasar si uno mira al cielo lo suficiente. 


Ojos azules

Estaba sobre un escenario cantando My way y mientras lo hacía descubrí la completa estupidez de la letra, imaginé la cantidad de veces que la versión de Frank Sinatra sirvió para amenizar los cumpleaños número ochenta de abuelos perfectamente detestables, pensé además en la imbecilidad de las personas que la tocan en los funerales de sus padres. Cuando me hice consciente de esto, empecé a hacer una versión ramplona y malintencionada de la canción, gesticulando como cantante de boîte y evitando imitar a Sid Vicious, quien grabó la versión más honesta de la canción cuando tenía apenas veinte años, una interpretación totalmente opuesta a la imagen de macho satisfecho consigo mismo y en busca de redención, sino la de alguien que no se rinde y en cuyos labios la afirmación “I did it my way” revela una sinceridad y una forma de hacerse cargo del caos que nunca debe ser menospreciada.


Sintonía fina

Estoy sitiado por recuerdos lo-fi y recuerdos hi-fi, encerrado en el habla que me fuerza a recrear esta memoria, punto por punto. Lo que confiere realidad a un sentimiento es su repetición y las palabras que lo constituyen, y esta recurrencia crea una necesidad que te convierte en inválido, en alguien que languidece y requiere su medicina, una provisión de afecto, droga o sexo. Kurt Cobain es Novalis. La debilidad es lo que el romanticismo alza como estandarte. Así, la ausencia de salud se vuelve símbolo y emblema. El tísico es el símbolo y la sangre en el pañuelo es la metáfora de los efectos de un sentimiento sublimado, del amor negado, el amor perdido, etcétera.








Posteado por Angela Barraza el 7:06. etiquetado en: , , , . puedes segui el rss RSS 2.0. déjanos tu comentario

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