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Andrés Florit




Andrés Florit Cento (Santiago, 1982). Es autor de Materias de libre competencia y regulación(Das Kapital, 2011), Poco me importa (Autoedición, 2009) y editor de Juan Florit Caudillo de los veleros. Vida, poesía y prosa (Ed. Cuarto Propio, 2006).  A partir de sus trabajos de investigación literaria ha realizado un proyecto financiado por el Fondo del Libro y obtenido una Beca de Creación del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes en 2005 y 2011, respectivamente. Es periodista y corrector de pruebas ocasional.  


De Materias de libre competencia y regulación (Santiago, Das Kapital, 2011)

 ¿Has visto a tus papás durmiendo siesta? Los míos
comparten cama hace 40 años
y acaban de cambiarse
a un departamento más chico.
Otra vez están solos
y esta fue seguramente la última mudanza.
No se separaron cuando pudieron hacerlo
como los papás de todos mis amigos.
Conozco el resentimiento
de los que siguen juntos, el amor
al hijo por sobre todas las cosas.
Me cuesta entenderlos, yo no tengo fe.
Pero de tanto insistir acumularon algo
que no conozco, algo
que les permite perdonarse y seguir.
Ahora duermen hacia el mismo lado
con la tele prendida.




Ese temor atávico de que te empujen —o de volverte loco y empujar a alguien— a la línea del metro. Por ejemplo a Jaime Quezada que está con su típica chaqueta café claro y sus lentes oscuros y sus canas un poco más allá.




Hombres jóvenes sacan la basura de la calle
y la echan en un camión.
Otro los persigue
trotando con una bolsa más
sin que el camión se detenga.
En la vereda del frente
trota una mujer bella
todos se detienen.




¿Piensas que ya te olvidé? Todas las tardes el viento
hace sonar los metales que colgaste en mi terraza.



Hacer tan feliz a una mujer que por un día olvide a su hijo.



Una chica que vendía placer consoló a un grupo de amigos, sin dinero para pagar el servicio completo: “para qué quieren acabar si lo más rico es estar caliente”.






Lo que lo inquieta es que los artistas que más admira han tenido hijos y él no quiere tenerlos.





Amante de mí mismo hasta que lleguen amantes mejores.





Debajo de la cama no hay monstruos.
Encima sí.





¿Te acuerdas cómo nos burlábamos de él?
Ahora lo dejas entrar en tu cama
para burlarte de nosotros.



Hay tardes en que ni la leche condensada me quita la pena.




a Juan Pablo Pereira y Ernesto González Barnert


Este fin de semana
abusé de la hospitalidad de los amigos,
varios días con la misma ropa
y pocas horas sobrio.
Cuando mi corazón es un peso muerto
ellos me ayudan a cargarlo.



“Su orgullo consistía en no orientarse. Ahora es débil y mira el camino”. Canetti




Barrancón, San Bernardo, 1995-96

Nunca jugué en Rey de Copa,
el fútbol era sólo una buena excusa
para la cerveza con los grandes después del partido
y el viaje de ida y vuelta
escuchando Soda a todo volumen
en el auto de mi hermano mayor
cada domingo híbrido de siempre.






Gorosito es el poeta. Acosta, el lector.




¿Por qué no mato a la chinita que se posó en mi hombro como maté
a la hormiga que subía por mi pierna?





Lo único que redime al calor (y cómo lo redime) son las mujeres
cada vez menos abrigadas en la calle.



En la feria fluvial una niña le pregunta a su papá:
—¿Los lobos marinos están aburridos?
—No, hija, están cansados.

  
Adolescentes con las que me falta estar me cercan en la plaza.

  


Mi sobrina me dice cuando voy saliendo con su papá: “¿Vas a ir así? ¿Por qué estás tan desordenado? No parece que vas a una fiesta. Las chicas no te van a amar”.






Ayer Winter llegó dándose puñaladas por una mina que le encantó en el metro pero no se atrevió a hablarle. Si yo sufriera así cada vez que me pasa eso me faltarían partes del cuerpo al día para apuñalarme.






“Lo redondito enloquece” o algo así dice Bertoni con tanta, tanta razón.






“Ay me carga la poesía de hombres”
dirá Julieta cuando lea todo esto.





[Felicidad con C]

De puro contento escribo.
Anoche la esperé con el aseo hecho, como nunca
y hasta puse una plantita en la cocina,
la primera que traigo aquí.
Pero olvidé esconder mi colección de botellas de pisco.
Obviamente la encontró rasca.
Pero no por eso dejó de darme sus besos
hasta hoy.






[C en Londres]

Ese perrito que te siguió el jueves,
cuando viniste a verme a las 3 de la mañana.
Ese perrito manchado que te cuidó,
que te dolió tanto dejar afuera de mi edificio
porque aquí no se admiten mascotas.
Ese perro desconocido
que se quedó para verte apretar el 6 en el ascensor
y desaparecer.
Ése ahora soy yo.






Working Class Hero


Mis héroes no vinieron a congraciarse
con la clase trabajadora.
Imposible confundirlos con candidatos a diputado
o al Premio Nacional.
Sabemos los beneficios de declararse en quiebra,
ser rebelde como quien compra
los jeans rotos de fábrica.
Mis héroes siguen su propia liebre.
Y si al público le gusta, mejor
pero no se lo ganan disfrazándose de ovejas.
Si son lobos atacan.
Y si son gatos se largan.
Mis héroes no se sienten héroes
ni lo son: saben divertirse,
no le tienen miedo al pop
y dan la vida sin refregárselo a nadie en la cara.
Nunca están satisfechos
y yo tampoco.



Él hace magia blanca pero quiere que lo respeten los que hacen magia negra.

  

Carta del tío Fernando

…sabes, ya estoy acostumbrado
a vivir así. Dios me da la fuerza.
Igual me doy a entender. La gente
es muy considerada conmigo.
Los pasajeros me desean que me vaya bien,
que tenga un buen día, que Dios me bendiga
y eso me reconforta mucho. En los servicios públicos
me dan la preferencia. Los guardias me dan la pasada
y me tratan muy bien. No me puedo quejar.
A veces sueño que estoy fumando
y como que me confundo,
porque sé que no puedo fumar y sin embargo
igual fumo. Cuando despierto, me doy cuenta
que realmente no fumo y que fue sólo un sueño.
Imagínate que fumé durante 50 años.
Robé la carta que le enviaste a mamá
porque aún recuerdo tu voz.
El cáncer te quitó la laringe
pero leerte es escucharte.
Qué ganas de ir a Arica
y tomar anónimamente tu colectivo
sólo para desearte un buen día.
Me faltó tomar contigo y con el tío Nano juntos
pero él ya no está. Yo creo que siguió fumando
hasta en su entierro.
Todos los días me acuerdo de Nanito.
Yo me acuerdo de ti ahora
esa sonrisa como de encogerse los hombros,
tu pelo tempranamente blanco.





Cerrillos

Mi tío Nano debió morir
mucho antes. No era de los que quieren
vivir hasta los 100, fumaba
ya casi sin pulmones, a escondidas
cuando se lo habían prohibido hace años.
No tengo recuerdos de él joven
lo conocí con esa voz raspada, ronca
preguntándome siempre por minitas.
Le iba bien con ellas, cuentan
sus hermanas. Me cohibía,
no sabía muy bien qué decirle
era demasiado joven. No supe
conversar con él.
La mañana en que murió
tenía al lado en la cama a mi pareja
de ese entonces. Le conté y enseguida
empecé a besarla, me puse tras ella
y lo hicimos con fuerza, como creo que a él
le hubiera gustado.
Nosotros, vivos y exhaustos
imaginamos que habría estado feliz de enterarse
de nuestra reacción ante la noticia.
Él ya no se enteró de nada. Sólo quedaba
el abrazo de su hijo, confundido
en una capilla de Cerrillos.

  
Le hago cariño a todos los gatos que se me cruzan.
Y sigo.

  

Ojalá después de cada borrón
pudiera haber cuenta nueva.
Un auto del ochenta y dos
no puede volver a ser cero kilómetro.

  


Sueño que voy en una micro, hablo con una desconocida y terminamos abrazados. Bajamos, pasamos por fuera de un derrumbe y luego se transforma en redada policial, hay que escapar. Al correr por la calle me intercepta una bruja y dice: “Si vuelves a hablar en público, perderás la voz para siempre”.


  

Contra el profesor de técnico manual

Mamá me sobreprotegió todo lo que pudo
y me expuso al ridículo. A ti,
que eres de los que no entienden que haya hombres
que no sepan armar una repisa.
Disfrutabas poniéndole un 2
a los que no traían materiales
y más de una vez disfrutaste a costa mía.
De nada servía pelear, eras
asquerosamente omnipotente en ese taller.

Tan alto y seguro de ti mismo,
parecido a papá en sus mejores años.
Seguro que como él también hacías deporte,
habrás tumbado a más de diez
como a mí me tumbaron diez veces por cobarde.
A mis amigos les iba bien en tu curso,
ahora son padres. Yo me martillaba el dedo
por escapar al patio antes del timbre.
Si sólo hubiera pegado un clavo. Todo
salía contrahecho en ese galpón,
nada tenía sentido. Entonces me reía,
en vez de defenderme me reía y tuve que
congraciarme con los que sabían pelear. Aprendí
a pegarle a los que no sabían devolver el golpe.
En ese pasado salvaje
no había libros, no había poemas,
sólo un constante miedo
al ataque a mansalva. A la risotada
del curso entero luego de cantar a toda voz
tres liaos pal florit cu
florit cu
—liao!
el hit de mi mejor amigo
cuando nos quedábamos solos en la sala.

Estos son mis materiales:
los clavos que me tuve que sacar.
Me habría gustado ser estoico,
afirmado en alguna verdad interior.
Pero no había dónde afirmarse.
Sólo el tiempo me libró de la juventud
a la que gente como tú quisiera volver.

Posteado por Angela Barraza el 18:05. etiquetado en: , , . puedes segui el rss RSS 2.0. déjanos tu comentario

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